“The last house on the left”Director: Dennis Iliadis
Guión: Adam Alleca, Carl Ellsworth
Intérpretes: Garret Dillahunt, Michael Bowen, Joshua Cox, Riki Lindhome, Aaron Paul, Sara Paxton, Monica Potter, Tony Goldwyn, Martha Maclsaac, Spencer Treat Clark, Usha Khan.
(U.S.A, 2009)
Sinopsis (contiene spoilers, aunque muchos menos que el trailer):
El matrimonio Collingwood se traslada a su apartada casa de campo a pasar las vacaciones junto con su hija Mari. La joven, aún conmocionada por la reciente muerte de su hermano, va a buscar a su amiga Paige al supermercado en el que trabaja. Allí conocen a un chico llamado Justin, quien les ofrece marihuana de primera calidad. Las ganas de evasión de las jóvenes les hacen acompañar al recién conocido, a pesar de su siniestro aspecto, hasta la habitación de un motel. La súbita llegada a la estancia de Krug, (padre del chico), Frank (hermano de éste) y Sadie (compinche de ambos), en búsqueda y captura por el asesinato de dos policías, tendrá como consecuencia el secuestro de las jóvenes. Marie, en su intento de huída provoca un accidente, quedando el vehículo en el que viajaban destrozado en mitad del bosque. Los tres verdugos someterán a todo tipo de vejaciones a las jóvenes amigas hasta darlas por muertas. Justo en ese momento comienza una fuerte tormenta que les obliga a buscar refugio, sin saberlo, en el domicilio de los Collingwood, quienes les acogen amablemente hasta que descubren quienes son en realidad.
Wes Craven, uno de los iconos más reconocibles del fantaterror usamericano, creador de sagas tan populares como “Pesadilla en Elm Street”, o “Scream”, o títulos de culto como “La serpiente y el arco iris”, debutó en pantalla grande en 1972 con la primera versión de esta película que era a su vez un re-make inconfeso de “El manantial de la doncella” de Ingmar Bergman. Si bien el salvaje relato del director sueco ponía los pelos de punta, Craven iría mucho más allá, (salvando las enormes diferencias en la calidad cinematográfica, por supuesto). Cambiando el sobrio blanco y negro del maestro nórdico por una granulada y sucia fotografía en color llevó esta historia de justicia poética a los terrenos más irritantes del mal gusto. Cruentas y sucias escenas que recreaban los instintos más bajos del ser humano hicieron retorcerse al espectador en su butaca en la época de su estreno y permanecen más de treinta años después en las retinas de los más olvidadizos.
La salvaje obra de Craven estaba llamada a crear escuela. A lo largo de la década de los setenta se realizaron infinidad de películas ultra-violentas en las que la violación y la posterior venganza eran los motores que movían la historia. Modificando levemente el esquema de la obra pionera la venganza sería infringida por la propia protagonista. Entre la infinidad de títulos que se enmarcaron en el violento subgénero destacan la norteamericana “La violencia del sexo” (“I spit on your grave”, Meir Zarchi, 1978) y la sueca “Thriller-en grym film” de Bo Arne Vibenius, (1974) quien curiosamente trabajó como ayudante de dirección en “Persona” a las órdenes de Ingmar Bergman. Película descarnada e irrepetible que incluye escenas de sexo explícito de la que Tarantino tomó buena nota para su “Kill bill” en la creación de los personajes de Manba Negra y Elle Driver, esta última toma prestado el parche pirata de la protagonista del film sueco.
Nadie a estas alturas pone en duda el olfato comercial de Wes Craven capaz de recuperar el slasher para las multisalas y estirar franquicias eternamente, llegó incluso a dirigir a Eddi Murphy en aquel extraño híbrido entre terror y comedia titulado “Un vampiro suelto en Brooklyn” que no dejó muy satisfechos ni a los seguidores del actor, ni mucho menos a los amantes del cine de vampiros. No estamos por tanto ante un autor que se preocupe en demasía de su status pero sí del rendimiento en taquilla de sus obras y de los gustos del espectador actual, (otra cosa es que acierte con el).
Si bien técnicamente no se puede reprochar nada a la película, salvo los mareantes barridos de cámara tan habituales en las escenas de lucha, se echa en falta la ambigüedad moral, la sordidez, la suciedad que empapaba el original, las escenas más impactantes (en la que Krug ordena orinarse encima a Phyllis o el asesinato de Frank víctima de una agresiva felatio de la Sra. Collingwood) son mutiladas en la nueva versión, recibiendo a cambio una escena de sodomización que dista mucho de crear el malestar que lograra Sam Peckinpah en otra peli setentera "Perros de paja". Algo que lógicamente era de esperar pues el cine de terror actual está en pañales en comparación con su padrastro de los setenta.
Los detractores del film original siempre le han achacado lo mal que ha envejecido, la chabacanería de su producción, la pobreza de su guión y sus flojas interpretaciones, a excepción de David Hess, y, desde luego, no les falta razón. Sin embargo, es bajo ese aire amateur donde la película adquiere personalidad, se convierte en algo diferente. La impasividad de las protagonistas ante las barbaridades a las que son sometidas es lo que le confiere ese aire perturbador, viciado.
Con este re-make se tenía la oportunidad de pulir todos estos aspectos conservando la mirada perversa de su predecesora. En lugar de eso, Dennis Illiadis, director griego escogido para la realización del filme construye una obra brutal, en cuanto al muestrario de violencia y la cantidad de sangre derramada (con un guiño gore especial que agradecerán muchos espectadores de la película original que no soportaron a la pareja de policías), pero demasiado solemne en su tratamiento. La cámara se recrea en el sufrimiento de las víctimas, y, aunque hay escenas de gran belleza estética (la huida a través del lago de Mari con las balas rozando su cuerpo bajo el agua, el salvaje apuñalamiento de Page que es penetrada por delante y por detrás… de su torso, por sendos aceros ante la incrédula mirada de Mari), todo está medido, sincronizado, perfectamente orquestado, resultando previsible y perdiendo la gracia.
Un casting correcto, entre el que destacaría la amenazante presencia de Garret Dillahunt, (actor de físico corpulento que desarrolla a la perfección la figura de Krug, un auténtico depredador para el que el mundo es una jungla donde es necesario imponer la fuerza para sobrevivir), la delicada belleza de Sara Paxton, (enorme potencial para convertirse en una nueva scream queen) y la escultural Riki Lindhome en la piel de la provocativa Sadie; una fotografía que curiosamente, tratándose de un filme de terror, funciona mejor en las escenas luminosas y una parte final plagada de violencia narrada con pulso firme conforman un conjunto tan solvente como convencional.
Directores como Alexandre Aja, Rob Zombie, Martin Weisz o Pascal Laugier, sólo por citar algunos, ya han utilizado anteriormente la misma fórmula con mejores resultados. Como todo se pega, tanto lo bueno como lo malo, no falta la trampa en el guión para intentar sorprender al espectador, consiguiendo únicamente, al menos en mi caso, irritar al personal; por no hablar de la escena final, más propia de Eli Roth, que desentona totalmente con el resto de la película.
Después de todo no deja de ser gratificante poder ir al cine a disfrutar de títulos como éste, de violencia descarnada, pero, amén de la preocupante falta de originalidad, siempre hay una ventana abierta, una coartada moral que estropea el resto y que te deja con mal sabor de boca, como si alguien te hubiera cambiado el jugoso solomillo por una insípida raja de jamón york.
La autenticidad del cine de los setenta quizá nunca vuelva. En la actualidad ante la caída en picado de los viejos maestros, desde el propio Craven hasta Romero pasando por Argento, Hooper o Carpenter y la falta de ideas y contundencia entre los nuevos realizadores (con Zack Snyder por otros derroteros) sólo hay una esperanza para el cine de terror y tiene nombre y apellido, Rob Zombie.














