domingo, 8 de junio de 2008

LOS OJOS AZULES DE LA MUÑECA ROTA

The blue eyes of the broken doll.
Director: Carlos Aured
Guión: Jacinto Molina y Carlos Aured (Sobre una historia de Jacinto Molina)
Música: Juan Carlos Calderón
Director de fotografía: Francisco Sánchez
Productor ejecutivo: José Antonio Pérez Giner
Intérpretes: Paul Naschy, Diana Lorys, Eduardo Calvo, Eva León, Inés Morales, Antonio Pica, Pilar Bardem, Luis Ciges, Maria Perschy
(España), 1973

Jill es un preso fugado que, bajo su nueva identidad, intenta huir del patíbulo y de sus propios recuerdos, dominados por el asesinato de su esposa a la que el mismo mató. Una buena mujer, Claude, que comparte oscuro pasado con Jill, (su mano derecha está cubierta por una prótesis que oculta una terrible mutilación) lo recoge una noche mientras éste hacía auto-stop y le ofrece trabajo como encargado de mantenimiento de su caserón, cerca de la localidad de Angers (Francia), donde la mujer vive junto a sus dos hermanas, Nicole, (de apetito sexual insaciable) e Ivette, (postrada en una silla de ruedas desde hace años) y una enfermera, Michele.

Mientras Jill va desarrollando sus quehaceres diarios en el caserón, comienza a atraer la atención sexual de las solitarias hermanas (muy cachonda esa escenita filo-gay en la que Naschy corta troncos en el jardín con el torso desnudo ante la lúbrica presencia de Nicole, la cual se le acerca como una gata en celo y mientras roza su sudorosa espalda con uno de sus dedos le susurra al oído “Eres muy fuerte”). Más tarde, la ardiente Nicole, en una escena tan directa que convertiría en mojigata a cualquier producción pornográfica, irrumpe en mitad de la noche en la habitación del vigoroso huésped, portando únicamente una bata semitransparente sobre su conjunto de ropa interior. Atención al profundo diálogo de cuidada prosa.

-Paseaba por el jardín y ví la luz encendida, padezco insomnio.
-Yo tampoco puedo dormir (responde el eventual galán).

(Ya no hay más diálogo, a partir de aquí se suceden los arrumacos, los suspiros y los jadeos, aunque nuestro torturado mozo no es capaz de copular con la hembra por el trastorno a causa del asesinato de su esposa, se supone. La escena se parece a otro gatillazo cinematográfico, el de Bill Pullman en “Carretera perdida” David Lynch, 1997, aunque con Patricia Arquette en la cama no hay excusa que valga).

A pesar del pequeño incidente pronto Jill ejercerá de semental y retozará alegremente con la fogosa muchacha. A consecuencia de ello, un ex-novio de la traviesa amante intenta apuñalar al pobre Jill, quien se muestra diestro en el combate cuerpo a cuerpo, aunque no logra evitar una cuchillada en el costado.

Tras el temporal llega la calma, en forma de nuevo revolcón, en esta ocasión con Claude, la señora de la casa. Momentos previos al coito, ante la pregunta que ésta le hace sobre si abandonará la casa tras el incidente, nuestro bravo galán (desde ya, ídolo) alzando sus plumas de pavo real con una frase que parece plagiada al mismísimo Chuck Norris, responde con rotundidad: “Yo no me asusto fácilmente, soy demasiado duro, desde ahora tendré más cuidado por si vuelve, aunque él se llevó lo suyo” (¡así de chulo es él!).

Esta primera parte del metraje de marcado carácter erótico-festivo da paso a una segunda parte mucho más seria y truculenta que no desmenuzaré para no revelar acontecimientos claves de la trama. Los asesinatos comienzan a sucederse, (cada vez recreados con más detalle) y tanto el doctor de la familia como el gendarme de la localidad sospechan de Jill, debido a su condición de forastero y a su reservado carácter. La investigación lleva al descubrimiento de la verdadera identidad de Jill, como era de esperar; ahora está atrapado y se ve obligado a huir de nuevo, pero ¿es realmente el asesino? Un final sorprendente y alucinado nos revelará toda la verdad (merece la pena que lo vean, sin duda, lo mejor de la película).


Última de las colaboraciones que llevarían a cabo el recientemente fallecido director Carlos Aured, y el polifacético Paul Naschy (pseudónimo tras el que oculta su verdadero nombre, Jacinto Molina Álvarez) tras “El espanto surge de la tumba”, “El retorno de Walpurgis” y “La venganza de la momia”, todas ellas rodadas en el 73. Naschy, que contribuyó a la película (además de realizar el papel protagonista) con la escritura del guión, es uno de los grandes nombres del cine fantástico patrio. Se le conoce como el Lon Chaney español por la multitud de papeles que le ha dedicado a su amado cine fantaterrorífico; sobre todo en el rol de hombre-lobo, papel que le permitiría debutar como protagonista (y que el mismo escribió) en la clásica “La marca del hombre lobo” de Enrique López Eguiluz, 1968 (donde aparece por vez primera su personaje de Valdemar Daninsky) a la que seguirían entre otras “La noche de Walpurgis” León Klimowsky, 1970, “El doctor Jeckyll y el hombre lobo” León Klimowsky, 1972 o “El retorno del hombre lobo”, Jacinto Molina, 1980, (film adaptado hace unos meses al formato cómic, con espléndidos dibujos de Javier Trujillo). Licenciado en arquitectura y campeón de España en halterofilia en 1958, Naschy cuenta en su haber con catorce películas dirigidas. Todo un todo-terreno que al igual que el genial Jess Franco es más conocido y valorado allende los mares que en nuestra propia tierra.


La película es una de las pocas incursiones del cine español en el giallo. Por su naturaleza a caballo entre el policiaco y el cine terror, a pesar de no ser de nacionalidad italiana, el film cumple con las convenciones del género. La identidad del asesino no es revelada hasta el final y éste va rigurosamente vestido con abrigo largo y guantes negros, como manda la tradición. Destacable es también el regusto sádico en la consecución de los crímenes. El título (que hace referencia a los ojos azules que el asesino arranca a sus victimas de rubio cabello) también hermana con clásicos del género, en su gusto por la truculencia y la sonoridad, “Una mariposa con alas ensangrentadas” Duccio Tessari, 1971, “I Corpi Presentano Tracce de Violenza Carnale” Sergio Martino, 1973 o “El pájaro de las plumas de cristal” Dario Argento, 1970.

Etiquetados genéricos aparte, la película es producto de su época. Desde los títulos de crédito nos acompaña la música hortera característica de tantas producciones españolas rodadas durante los sesenta y setenta; lo mismo servía para una película de Paco Martínez Soria, Gracita Morales o para una de terror, como es el caso (adornada en esta ocasión por unas notas fúnebres al chelo). La economía de las producciones exigía un rodaje apresurado, lo que resentía la calidad final de la obra, en la que abundan escenas de relleno y planos técnicamente deficientes, como los zooms violentos y acelerados tan socorridos por aquel entonces en el cine terrorífico. La iluminación deja también bastante que desear, sobre todo en las escenas nocturnas. Un claro ejemplo de ello es la secuencia del cementerio donde se produce el primero de los asesinatos.

Como ya se ha descrito más arriba las escenas subidas de tono son abundantes, lo que deja al descubierto el carácter decididamente exploit del producto (sangre y sexo). La explotación de la violencia llega a sus cotas más altas en la escena en la que un cerdo es degollado realmente en plano detalle, ¡puro mondo!. Ignoro si el metraje del que he podido disfrutar (edición en dvd perteneciente a la colección Paul Naschy, distribuída por Tripictures) sería el mismo que en su día fue estrenado en España, lo que resultaría, cuanto menos, sorprendente, teniendo en cuenta que ese mismo año los españolitos tenían que cruzar los pirineos para ver a Marlon Brando y su famosa escena con mantequilla incluida en “El último tango en París”, Bernardo Bertolucci, 1973.

La escena final es absolutamente enfermiza (con detallito gore incluído que hará las delicias de los seguidores de Lucio Fulci o George A. Romero y que no pienso desvelar), recordándonos a otro de los clásicos por antonomasia del gore cañí, como es “La residencia” Narciso Ibáñez Serrador, 1969, que nos sumerge en el desquiciado mundo de la mente del psicópata como hiciera el maestro Alfred Hitchcock con Norman Bates en su deslumbrante “Pshyco” 1960.

6 comentarios:

nexus.6 dijo...

Menos mal que al final se vuelve semi-gore. (Al principio pensaba que estabas describiendo una peli de la pareja galactica "Pajares y Esteso".)

Kraven dijo...

Por ahí van los tiros, el problema es que lo de "Pajares y Esteso" eran comedias, pero aquí intentan crear un erotismo serio que da mucha más risa.

Uno de los mayores placeres de la cinefagia: Reirse con algo que en principio no se había realizado con esa intención.

MarioBava dijo...

Hace como cosa de un año encontre una original vhs rarisima de esta y de Una libelula para cada muerto,otra peli al estilo de esta tambien protagonizada por Naschy...

Gracias por entrar en mi humilde blog...Tienes un blog muy interesante.

un saludote..

Jose Antonio Diego

Kraven dijo...

Siempre es un placer visitar blogs de cine cuyo interés va más allá de los blockbusters.

En el caso de "psychotronic Kult video" teneis una vasta cantidad de entradas dedicadas al fantaterror, con títulos interesantes y variados. Toda una delicia para un aficionado como yo.

Gracias a tí por asomarte a mi humilde morada!

Tirso (cuenta creada junto con Albert en curso-ECI Madrid) dijo...

Ondia! Kraven, no sabía que Naschy hubiera sido campeón de halterofilia, ni mucho menos licenciado en arquitectura. Y si lo sabía lo había olvidado. Con todo esto demuestra que el estilo español es único e inigualable. A ver cuantos actores tiene el cine USA campeones en halterofilia o algo similar. Bueno sí, está Johnny Weismuller, que fue cinco veces medalla olímpica, y Sean Connery que fue Mister Universo, y Arnold Schwarzenegger que fue Mr. Universo y Mr. Olimpia y no se cuantas cosas más. Pero Weismuller era astríaco, Connery es escocés y Schwarzenegger austrialiano. Y además: ¿a que ninguno eslicenciado en arquitectura?

Kraven dijo...

¡Pues claro que sí! Naschy es único e inigualable. Músculo, arte e inteligencia, ahí queda eso. Hombre si fuera norteamericano seguramente estaría de gobernador, ¿no? jajaja. ¡Saludos, Tirso!