martes, 16 de junio de 2009

BLOOMSDAY

Gijón (Asturias), 16 de junio.

Como cada mañana, a las 6:50, el móvil suena incesantemente despertando a todo el vecindario. ¿A todo?, bueno, a mí también me despierta, pero un poco más tarde, a eso de las 7:10 suelo levantarme a apagarlo. Hoy no es una excepción. Son esos minutos de incapacidad física transitoria, por lo menos yo así los denomino, que tanto cuesta vencer.
Mi burlón reflejo me recuerda que soy un día más viejo antes de afeitarme. Una vez ocultada, o más bien anulada, mi identidad bajo traje y corbata me dispongo a unirme al resto del rebaño que transita manso por las calles bajo el peso de su fatídica rutina.
Mi mente se transforma, lo que anoche era libertad, en mi mundo de sueños de veinte metros cuadradados se convierte ahora en frustración en el enorme espacio abierto de una fría e impersonal avenida. Hace pocas horas contemplaba a Marcelo Mastroianni, con su inigualable porte y me deleitaba con Anita Ekberg mientras se bañaba en la Fontana di Trevi. Ahora, el yonki de la esquina me pide un cigarrillo como cada día y el conductor del autobús vuelve a pegar el acelerón cuando acabo de pagar el billete.
Contrasta enormemente, no cabe duda, la decadente belleza de esa Roma que Fellini supo captar con su cámara con el aspecto gris y anodino del polígono industrial dónde el autobús me ha dejado.
Me esfuerzo en recordar la belleza de las chicas con las que alternaba el licencioso Marcelo en la noche romana pues hoy tengo unos cuantos clientes que atender y he de recibirlos con una amplia y deslumbrante sonrisa. También pienso en Gene Kelly y Donald O' Connor en "Cantando bajo la lluvia" poniéndole siempre alegría y ritmo a la vida.
En este sentido, siguiendo con la película de Stanley Donen, la paleta de colores que Harold Rosson y John Alton utilizaron en glorioso technicolor parece animarme y la cosa no se me da mal. Esquivo con buena cintura el sarcasmo de mi jefe e imprimo la misma hipocresía que él me inculca en el trato con los clientes, no en vano la aristocracia italiana era especialista en estos menesteres, anoche tomé buena nota. Las ventas van bien y todos contentos.
Hora de comer. Con el estómago vacío pero la cabeza aún llena de sueños de celuloide no puedo dejar de pensar que quizá me aqueje el mal que sufría Mia Farrow en "La rosa púrpura de El Cairo". Atemorizado ante la idea de que algún galán se escape de una pantalla de los "Cines Centro" con el propósito de seducirme borro de mi cabeza todo pensamiento relacionado con el cine e intento integrarme en la conversación de mis compañeros. Las discusiones sobre el actual mercado de fichajes y la última gala de O.T. me hacen pensar que Hugh Jackman en "X-men" no está nada mal, lo único que temo es el que dirán y si los dueños del cine presentarán cargos por robarles a Lobezno.
Transformado nuevamente en un terminator programado exclusivamente para vender todo sigue como la seda. De vez en cuando me escapo al baño para ajustarme la máscara de Guy Fawkes, no vaya ser que descubran mi verdadera identidad.
Última hora de la tarde y las comisuras comienzan a dolerme de aguantar durante tanto tiempo la sonrisa publicitaria. Un poco más, sólo un poco más y todo habrá acabado, no vaya a ser que ahora se me agrie el carácter y me salga el Dr. House que llevo dentro, o peor aún, que me pase como a Jim Carrey en "Mentiroso compulsivo" y me vuelva sincero de buenas a primeras. No duraría ni cinco minutos en el puesto.
Afortunadamente la jornada ha terminado con el previsible happy end habitual. Aunque tengo los pies destrozados y la espalda me duele bastante la guerra ha terminado por hoy, puedo regresar al hogar con la cabeza alta como hacía Sly en la última entrega de Rambo.
Silbo la deliciosa melodía de "Otto e Mezzo" antes de llegar al portal pero al perro de mi vecina parece molestarle y taladra mi cabeza con sus insoportables ladridos. No pasa nada, es sólo el último contacto con el mundo exterior antes de refugiarme en mi particular paraíso.
La cena es congelada, pero no importa, mi mente está en otra parte. Corro hacia el salón y saludo a Cristopher Lee, bajo su majestuosa figura se amontonan infinidad de tesoros, de valor económico prácticamente nulo pero de incalculable valor cultural, y, sobretodo, sentimental. Paseo con calma mi vista por la historia del cine: Recorro el Expresionismo Alemán, hago una parada en los británicos estudios Hammer para saltar a continuación a la obra de Ingmar Bergman, después de un rato por fin me decido, mi idolatrado Malcolm McDowell me pone cara de vicio (esa que él siempre ha puesto tan bien) mientras mira sin pudor a su hermana (en la ficción) Natassja Kinski (verás como se entere el padre y se escape del making-of de "Fitzcarraldo").
Espero que Paul Schrader con su beso de pantera apacigüe la rabia que llevo dentro tras otro día gastado y mal pagado. A punto de dar la media noche me despido del día con una sonrisa, después de todo.

2 comentarios:

Portnoy dijo...

Una vida de cine, Mr. Kraven... guárdame la guinnes que ya llegamos

Kraven dijo...

O de cómic underground usamericano... "American splendor", por ejemplo. Cambiando cómics por películas.

La guiness está enfriando con unas cuantas amigas.