
21 Black Jack
Director: Robert Luketic
Guión: Peter Steinfeld, Allan Loeb (Libro: Ben Mezrich)
Música: David Sardy
Fotografía: Russell Carpenter
Intérpretes: Jim Sturgess, Kate Bosworth, Laurence Fishburne, Kevin Spacey, Liza Lapira, Josh Gad, Masi Oka, Aaron Yoo, Sam Golzari
(EE.UU) 2008
Sinopsis:
Ben Campbell, un joven lumbreras que cursa estudios en el instituto tecnológico de Massachussets (MIT) depende de una beca para costearse la carrera de medicina en la Universidad de Harvard. Su profesor de matemáticas, Micky Rosa, le da la oportunidad de conseguir el dinero suficiente apuntándose a su grupo de genios, (entre los que se encuentra la sensual Jill Taylor, por la que suspira el joven, al igual que el resto del instituto) que se dedican a contar cartas en el black jack los fines de semana en Las Vegas. En poco tiempo se hace con el dinero suficiente para pagarse los estudios universitarios, sin embargo, la atractiva vida que lleva en Las Vegas le hace continuar jugando hasta que el veterano jefe de seguridad de casinos Cole Williams le hace despertar de su sueño.
Siguiendo el clásico desarrollo de las películas sobre juego: aprendizaje, éxito, derrota, descenso a los infiernos y posterior resurgir con la lección aprendida, el largometraje se convierte en una acumulación de clichés sobre el género, Laurence Fishburne es el “segurata” de vieja escuela (al más puro estilo del televisivo Ed Deline) que utiliza su olfato para localizar a los “estafadores” (a pesar de que contar cartas no es ilegal está claro que los casinos no van a dejar que nadie gane grandes sumas) haciendo uso de los métodos más contundentes para mantener a raya a los listillos que se atrevan a desafiar a la banca; Jim Sturgess es el chico listo con la temeridad suficiente para apostar a lo grande; Kate Bosworth la hermosa chica que motiva al protagonista para ir más allá y Kevin Spacey el viejo y cínico maestro que ya estuvo antes allí.
El guión juega sin sonrojarse con la elipsis para ¿sorprender? En un tramposo e ¿inesperado? giro final, no faltan las buenas intenciones de chico bueno adolescente (joven modélico que pretende costearse sus estudios para que ello no suponga una carga para su familia) ni el edulcorado romance hollywoodiense (chico rarito con chica de calendario) el reclamo del atractivo que supone para todo ser humano el dinero, las suites de lujo, las bellas mujeres, la emoción por el juego, en definitiva, la dolce vita, es mostrado de una forma tópica, desaprovechando una posible visión microscópica de la enorme oferta de ocio, vicio y perversión que posee la gran ciudad de Nevada con la que puede corromper las blandas y débiles mentes adolescentes. La banda sonora formada en su mayoría por temas pop de moda en la actualidad le viene al pelo al espíritu de la película, al igual que ella la música es llamativa, pegadiza y totalmente vacía.
El reparto plagado de jóvenes actores, entre los que destaca con luz propia la hermosa Kate Bosworth (más atractiva que nunca) cuenta con un extrañamente inspirado Kevin Spacey (Hace años que no da pie con bola, pero sin duda este tipo ha nacido para hacer de malo) encarnando al manipulador y brillante profesor de matemáticas “aplicadas” (y muy bien aplicadas) así como con un contundente Laurence Fishburne, cuyo papel de tipo duro de vuelta de todo le viene como anillo al dedo, ¡lástima que no haya ninguna escena de enterramiento en el desierto de Nevada!
A pesar de la falta de originalidad, de la previsibilidad del moralista desenlace, la película es gratamente digerible si nos dejamos enredar en su ingenua propuesta (La credibilidad en la sala de juego es insostenible, unos niñatos disfrazados haciéndose pasar por millonarios y utilizando unas señas tan descaradas que el mayor de los miopes divisaría sin lentillas), si por un momento somos capaces de dejarnos llevar por las emociones como hace el pipiolo protagonista (supuestamente con una cabeza muy bien amueblada) sucumbiendo al encanto del candor juvenil de Jill Taylor, embriagándonos con el color del dinero fácil que brota de los verdes tapetes, arropándonos con los últimos modelos de Gucci que venden en las boutiques más selectas, experimentaremos esa sensación adrenalínica de vivencia prematura, ese vacío estomacal que sólo producen las mejores montañas rusas, aquellas que están llenas de bruscas subidas y bajadas, que nos hacen vomitar pero que cuando terminan siempre queremos volver a montarnos.
La astucia de “El golpe” (bueno más bien pinceladas, aunque si en la película de Newman y Redford eran los personajes los que hacían trampas aquí es el guionista), la brutalidad de Las Vegas mostrada en “Casino” (en fuera de plano of course, ¡por el amor de dios esto es una producción mainstream!) pasada por el higiénico y casto (además de patético y antinatural) romanticismo de “Dawson crece”.