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lunes, 26 de octubre de 2009

CARRIERS (INFECTADOS)

“Carriers”
Directores: Álex Pastor, David Pastor
Guión: Álex Pastor, David Pastor
Intérpretes: Chris Pine, Piper Perabo, Lou Taylor Pucci, Emily VanCamp, Christopher Meloni, Dylan Kenin, Dale Malley
(EE.UU, 2009)

Sinopsis:

Cuatro jóvenes conducen por las inmensas y desiertas carreteras del Oeste americano en lo que parece un viaje de fin de semana, hasta que un individuo con el coche atravesado en mitad de la carretera les impide pasar y les pide gasolina. Su hija, en el interior del vehículo, está infectada de un virus que ha acabado prácticamente con toda la población. Los jóvenes, aún sanos, se muestran reticentes y esquivan el vehículo hasta que la rotura de su depósito les hace dar marcha atrás. Llegan a un acuerdo por el que, a cambio del coche, deberán acompañar al hombre y su hija hasta un hospital donde, según dicen, han encontrado remedio a la enfermedad. Los jóvenes pretenden llegar a un motel situado en una playa del Golfo de México, dónde creen que podrán mantenerse aislados hasta que se acabe la infección o la gente.

Debut en el largometraje de los hermanos catalanes Álex y David Pastor bajo una producción Paramount Vantage. Meteórica carrera la que llevan estos cortometrajistas. El debut de Álex en el corto lo supuso su proyecto para fin de carrera en la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), titulado “Larutanatural”. El trabajo le valió para hacerse con el galardón a mejor corto internacional en Sundance y ser nominado a los Goya. Su hermano, David, había dirigido el cortometraje “Movie (theatre) heroe” por el que logró el Coca Cola refreshing filmmaker´s award..

“Infectados” escoge coherentemente la road movie (¿que haríamos nosotros ante una pandemia que ha asolado a toda la población más que huir en busca del lugar más seguro?) para narrar el drama personal de sus personajes protagonistas. Dos hermanos, Brian y Danny, que recuerdan sus días de infancia felices en una playa del Golfo de México dónde solían surfear todo el día y adonde quieren ir ahora en busca de seguridad. El complemento lo ponen Bobby, la novia de Brian, contrapunto emocional de éste, y Kate, amiga de Danny que utiliza al joven para conseguir sus objetivos a sabiendas de que está prendado por ella.


Estos personajes, aún respondiendo a unas características típicas del cine de terror adolescente (la relación entre el hermano mayor, dominante-impulsivo, y el menor, retraído-cerebral, ha sido representada por el cine más comercial en producciones tan recientes como “Aullidos”. Nick Mastandrea, 2006), se encuentran bien definidos y tienen cosas interesantes que decirse huyendo del estereotipo puro y duro. Los realizadores, también responsables del guión, juegan sabiamente con el carácter de los personajes haciéndolos evolucionar a medida que avanza la historia, enfrentándolos cada vez a nuevas y más complicadas dificultades. Muy gratificante es como se resuelven las inevitables infecciones que se irán produciendo dentro del grupo, huyendo de la clásica destrucción a la que nos tiene acostumbrados el cine de zombies.

La sociedad apocalíptica que se describe, o más bien se intuye, en la película ha sido representada en incontables ocasiones tanto en cine como en literatura, a la memoria nos pueden venir clásicos como “El último hombre vivo”, “El último hombre sobre la tierra”, (ambos films basados en la novela “Soy leyenda”); la saga “Mad Max”; o títulos más recientes como “28 días después” o la película de inminente estreno “La carretera”, basada en el relato homónimo de Corman McCarhty.

Todos estos títulos tienen en común la permanente sensación de peligro que nos transmite un planeta que antes nos parecía tan seguro. Los lugares antaño tan familiares se tornan en espacios despersonalizados y amenazantes. Esta sensación de habitar en mitad del caos, en un mundo que ya no se rige por leyes, únicamente por la única que la naturaleza impone: la ley del más fuerte, está presente en la película en contados pero intensos momentos.

Al comienzo del filme, cuando Frank pide gasolina con su vehículo atravesado en mitad de la carretera nos damos cuenta, a través de los rostros de pánico de los cuatro jóvenes, del inseguro lugar en el que se ha convertido su mundo. La máxima sensación de pánico la experimentamos en el episodio en que los jóvenes encuentran un lugar seguro en un hotel de lujo hasta que sus propietarios llegan y están a punto de hacer con ellos algo similar a lo que ocurría en “28 días después” cuando los protagonistas acuden a la fortificación militar. Un guión inteligente que bordea pero evita los lugares comunes resolverá la situación de manera bien diferente.

Los instintos primarios afloran sacando lo peor de cada individuo (estremecedora secuencia en la que se produce un tiroteo en mitad de la noche mientras Danny y Kate están sentados al calor del fuego. Mucha atención al detalle xenófobo). De esta manera la espiral de horror y violencia va creciendo a medida que la situación del grupo vaya empeorando (lógica pérdida de combustible, cansancio, hambre, infecciones), así como los inevitables reproches personales, como consecuencia del desgaste que producen los días de viaje juntos. Derivando todo en un tercio final de película demoledor, sin concesiones, absolutamente realista. Los personajes dejan a un lado sus caretas sociales mostrándose tal y como son. El grado de crudeza de sus actos va en consonancia con la sociedad que les ha tocado vivir. La honestidad de los realizadores no podría ser mayor en el tratamiento de la violencia, nada es gratuito, todo es absolutamente coherente, e incluso, necesario, en su descarnado contexto.




La inmensidad de los territorios por los que, geográficamente, transita la historia, hace indispensable la utilización de panorámicas para sacar partido a esos paisajes del Oeste americano tan característicos del Western. Sin llegar al preciosismo de películas como (“Las colinas tienen ojos”. Alexander Aja, 2006), Álex y David Pastor escogen los encuadres necesarios para transmitir la naturaleza de ese inabarcable paisaje convertido en un protagonista más. La correcta fotografía sabe escoger un tono realista, huyendo de la luminosidad tan en boga actualmente, dándole al filme un acertado tono cercano al documental.

En la línea general de la cinta, que huye del efectismo, la labor del maquillaje contribuye a ese aspecto realista de la producción. Las consecuencias de la infección no caen en la exageración ni buscan la repulsión en el espectador, todo está contenido, como ese magnífico final abierto que sin artificio alguno nos deja esa sensación de incertidumbre, de vacío.

Uno de los grandes aciertos de la cinta, que la convierte, al menos, en algo diferente, es no entrar en explicaciones sobre el posible origen de la infección, ni siquiera mostrar las terribles consecuencias a gran escala, sencillamente centrarse modestamente en la historia personal de unos pocos personajes. A través de su particular viaje el espectador se hará una idea de la magnitud de la catástrofe con la única compañía de alguna solitaria emisora de radio local en la que cada canción podría ser la última.

Ese intimismo convierte a “Carriers” en una película diferente. Sin llegar a tener una personalidad tan marcada para considerarla una obra de autor, parte de una bases genéricas para transitar lugares más cercanos al drama que al cine de terror adolescente. Triunfando como una propuesta sólida no carente de originalidad en el saturado panorama del subgénero post-apocalítico.



miércoles, 30 de septiembre de 2009

INGLORIOUS BASTERDS

“Inglorious Basterds”
Director: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Intérpretes: Brad Pitt, Mélanie Laurent, Christoph Waltz, Eli Roth, Michael Fassbender, Diane Kruger, Daniel Brühl, Til Schweiger, Gedeon Burkhard, Jacky Ido, B.J. Novak, Omar Doom, August Diehl, Denis Menochet, Sylvester Groth
(EE.UU, 2009)

Sinopsis:

Hans Landa, un oficial de las SS cuya misión es acabar con todo aquel judío que aún permanezca en suelo francés deja escapar a una joven llamada Shosanna, en una de sus carnicerías en una pequeña aldea, tras acribillar al resto de su familia. Mientras tanto, un grupo de soldados judío-americanos son adiestrados por el teniente Aldo Raine para torturar y matar nazis, su sanguinaria reputación les precede llegando incluso a oídos del Führer, se les conoce con el sobrenombre de “Los Bastardos”.

Tres años después, Shosanna, bajo una nueva identidad regenta un cine en París. Frederick Zoller, un soldado alemán, admirado entre los suyos por haber matado a 300 soldados rusos, se enamora de ella y convence al ministro de propaganda nazi, Joseph Goebels, para estrenar la última película de Lenni Riefensthal, de la que él mismo es protagonista, en el modesto cine de Shosanna. La ocasión idónea de la joven para vengar a sus familiares y al resto del pueblo judío.

El estreno de la película en el cine reunirá a toda la cúpula nazi bajo un mismo techo, incluso se rumorea que Adolf Hitler podría asistir a la proyección. Aldo Raine organiza un equipo de topos para colarse en el estreno ayudados por Bridget Von Hammersmark, una actriz alemana que trabaja como espía para el enemigo. Todos están preparados para recibir a los altos mandos del Tercer Reich como se merecen.

La última obra de Tarantino nace, como todas sus obras anteriores, del eclecticismo, de la hibridación, del pastiche, de la tradición de la música popular, el cómic y el cine de derribo, estamos ante la obra más postmoderna del director más postmodernista de occidente. Que nadie que se asome al cine a ver “Inglorious Basterds” se espere una película de cine bélico, Tarantino no nos da su visión sobre la Segunda Guerra Mundial, ni realiza un remake sobre el exploit italiano “Aquel maldito tren blindado”, tampoco estamos ante un velado homenaje-plagio de su adorada “Doce del Patíbulo”. No, Tarantino, simplemente nos cuenta su película, la que nos lleva contando desde “Reservoir dogs” que tampoco era una película de cine negro, la que volvió a repetir en “Pulp Fiction”, dónde el cuarto de libra con queso o los masajes en los pies tenían más peso que la supuesta trama noir, o lo mismo que nos contaba en “kill Bill”, dónde la conversación sobre la mitología de Superman tenía tanto protagonismo como los ecos del Spaghetti Western, las katanas y los golpes de Kung-Fú.

Con una trama lineal, en disonancia con los ejemplos anteriores, inteligentemente llevada para hacer converger a los diferentes personajes en un único lugar en su memorable último capítulo, se describe coherentemente a través de cuatro fragmentos previos las circunstancias que llevan a la catarsis final. “Inglorious basterds” no tiene un protagonista claro, no obstante, la simpatía del espectador cae del lado de los Bastardos, debido a su excéntrico y carismático carácter, además de por los evidentes motivos históricos. El líder del escuadrón, el teniente de sangre apache llamado Aldo Raine, es un personaje construido a base de trazos gruesos a través de una expresión oral que firmaría el Guy Ritchie de “Snatch…”, e interpretado con sorna por Brad Pitt, emulando con su mueca de mandíbula al Brando de “El padrino”. Al igual que el resto de la banda de psicópatas tortura-nazis, no es el personaje más logrado de la peícula. Le secundan Hugo Stiglitz, (acongojante presencia la de Til Schweiger), un judío alemán que emigra a EE.UU y vuelve a Europa para masacrar nazis; y Donnie Donovitch, apodado el oso judío, un amante del baseball que disfruta destrozando nazis con su bate, interpretado con entusiasmo por Eli Roth quien parece disfrutar tanto machacando cráneos en escena como rodando una de sus gamberradas gore.

Los Bastardos aportan gran parte de la hilaridad que sobrevuela el filme; sin embargo, las actuaciones más notables se encuentran en el bando enemigo. La caricatura de Hitler es un icono cinematográfico desde el estreno de “El Gran Dictador”. Sin elevase en esta ocasión a un retrato tan certero como el conseguido por Chaplin el personaje funciona como bufón, en escasas pero celebradas apariciones, en medio de la gran farsa que Tarantino teje a su alrededor. De mayor presencia goza un rígido y patético Joseph Goebels, bordado por Sylvester Groth, empequeñecido ante la presencia de su estupenda amante, una Julie Dreyfus siempre perfecta como femme fatale (recuerden “Kill Bill, vol 1.”). Menos vistosa resulta la presencia de Daniel Brühl en la piel del soldado Frederick Zoller, que responde a un cliché, aunque es indudable su papel fundamental en la resolución de la trama.


A pesar del escueto pero efectivo retrato de las principales personalidades del Tercer Reich, el personaje más trabajado, el que tiene mayor carga dramática, y, casi sin ninguna duda, el mejor interpretado, recae en el Coronel Hans Landa, apodado “Caza judíos”. Christoph Waltz, recrea un cínico personaje cuya ambigüedad le hace destacar del resto; la magistral interpretación del actor austriaco hace que se nos hiele la sangre incluso cuando Hans come un bocado de tarta y es capaz de hacernos reír aún sabiendo que está a punto de exterminar a una familia. El dominio de varias lenguas (gran parte de la riqueza de la actuación de Waltz se pierde en la versión doblada) y la excelente gesticulación, (sus metódicos movimientos nos llevan de la mofa al pánico en décimas de segundo) hacen que las apariciones de Landa se erijan en los momentos de mayor altura cinematográfica, su mera presencia justifica por si sola el visionado del largometraje.

La Némesis perfecta de Landa, es la joven Shosanna, la escena en la que se reencuentran en un restaurante de París (lógicamente Hans no recuerda a la joven) es quizá la que mayor tensión acumula de todo el filme, la interpretación de esta secuencia de Mélanie Laurent, a través de primerísimos planos en los que tan sólo gesticula, es una lección de interpretación por parte de la actriz parisina y de dirección de actores del genio de Tenesse. El personaje de Shosanna está dotado del coraje y la valentía habituales en las heroínas tarantinianas, desde Jackie Brown hasta la Mamba Negra. El horror que la joven francesa sufre ante el asesinato de su familia la hace más fuerte, el odio la alimenta y la venganza es la evolución lógica de su personaje. Tampoco le faltan agallas al otro gran personaje femenino, Diane Kruger está arrebatadora bajo la sensual envoltura de Bridget Von Hammersmark, la particular Mata Hari de la historia, que intentará ayudar a los Bastardos en su complicada tarea de aniquilar al Tercer Reich de una sola tirada.


Quentin Tarantino, vuelve a realizar el ejercicio de intertextualidad tantas veces repetido, las referencias son inagotables, desde el Spaghetti Western hasta clásicos del cine bélico norteamericano y europeo, hasta la propia autorrefencia (los maleteros no son necesarios para mostrar su contrapicado preferido) dentro de esta mixtura el director norteamericano se siente como pez en el agua y elabora su discurso propio escogiendo siempre el producto popular antes que el elitista.

Como bien sabe cualquier aficionado las inquietudes de Tarantino, por supuesto, no se limitan exclusivamente al ámbito cinematográfico, la música sigue jugando un papel predominante en sus producciones. Ennio Morricone ocupa en esta ocasión el grueso de la B.S.O, el contrapunto perfecto lo pone la versión de “Putting out fire”, que David Bowie interpretó para la película “El beso de la pantera” de Paul Schraeder, en una preciosista escena en la que Shosanna se maquilla momentos antes de poner en marcha su plan para aniquilar a los nazis. El clasicismo lo pone el tema de fondo a los créditos de apertura, una versión instrumental del célebre “Green leaves of summer” de la película “El Álamo”.

Los detractores de Tarantino tienen el trabajo terminado de antemano, enarbolaran su oxidado discurso sobre la separación de ética y estética que presentan las obras del director, considerando por tanto su obra vacía, carente de contenido moral y, por ende, carente de valor artístico, ya que el arte ha de ser trascendente. Se acusará su obra por tanto de formalista e incluso de reaccionaria. Sin embargo, la ficción que Tarantino decide abrazar en pos de dar la mayor libertad argumental posible al relato, consigue, no sólo divertirnos con una particular (per)versión de cierto momento de la Segunda Guerra Mundial, sino imbuirnos de lleno en la dureza de la contienda, hacernos partícipes del horror de la guerra, del pánico que sufrían los judíos perseguidos, de la inocencia de muchos de los combatientes; en definitiva, nos hace reflexionar sobre nuestro terrible pasado y las consecuencias de la guerra a la vez que nos arranca una sonrisa a través de sus Bastardos, con esa curiosa habilidad para convertir el acto más grotesco y salvaje en motivo de carcajada.


Los incondicionales, por el contrario, ensalzarán esta nueva obra por su indudable belleza formal, su salvaje sentido del humor, su espíritu de ficción netamente pulp y sus brillantes diálogos, (como el monólogo de apertura en el que Landa establece la comparativa alemán-halcón y judío-rata). No les falta razón, pero no podemos olvidar que todo esto estaba presente en sus obras anteriores. Quizá su discurso postmoderno haya llegado a su fin por agotamiento de la fórmula.

Vista en perspectiva la carrera cinematográfica de Tarantino tocó techo con “Kill Bill, vol 1.”, para más tarde caer bruscamente de su pedestal con la anodina “Death Proof.”. Ahora el director norteamericano vuelve a la senda que le dio el éxito, lo que le asegura el beneficio en taquilla y el parabien de sus admiradores. Pero hay algo de estático en su cine que le impide avanzar, desligarse de ese deslumbrante realizador nobel que sorprendió a todo el mundo en el Festival de Cannes de 1992. En “Inglorious Basterds” hay momentos de gran cine, pero el espíritu que respira el filme continúa teniendo un leve aroma adolescente, una falta de madurez cinematográfica, que, aún siendo premeditada, y posiblemente consecuencia lógica de la naturaleza popular de su cine, impide a Tarantino erigirse en portavoz de una generación de cineastas realmente rompedora. No cabe duda que nos encontramos ante un talento muy por encima de la media actual de cineastas norteamericanos; sin embargo, si continúa mirando hacia atrás en vez de hacia delante quizá nunca consiga realizar esa obra maestra ante la que, según Aldo Raine (una pirueta ombliguista más), nos encontramos.







lunes, 31 de agosto de 2009

ANTICHRIST

Aquí está el complemento a la crítica vertida en El Lamentoy de Portnoy sobre la película. Por supuesto no podía estar más en desacuerdo, lo de que fuera pactado o no carece totalmente de importancia. Teniendo en cuenta la especial naturaleza de esta reseña he rehusado de mi formato habitual con ficha técnica y sinopsis para adaptarme mejor a esta especie de diálogo on-line.
Un oscuro sonido, como salido de otro tiempo se antepone al primer rótulo que vemos en pantalla: “Lars Von Trier”. El escrito, en tiza roja y verde, permanece unos segundos sobre la pantalla, desafiante, parece que quiera decirnos algo, incluso en nuestro cuerpo llega a producirse un atisbo de inquietud... pero finalmente no sucede nada, simplemente otro rótulo, esta vez con el título de la película, le sucede.
Ese abismo será el terreno por el que el director danés intenta dirigirnos durante toda la película, un abismo vacío, tan vacío como las vidas de sus protagonistas, una pareja burguesa que ve como su burbuja de felicidad construida sobre los cimientos de la racionalidad de la cultura occidental se viene a bajo tras la pérdida de su hijo en un accidente doméstico.
El artificio con el que Lars Von Trier describe el accidente en ese prólogo utilizando el ralentí, insertando fotogramas de sexo explícito y utilizando música clásica para describirnos el fogoso coito de sus protagonistas nos acompañará durante toda la película. El resultado final es el mismo que el de los anuncios de una conocida marca de cava, visualmente brillante pero emocionalmente vacío, inútil.
Al igual que en esos anuncios pomposos, elitistas, burbujeantes, Von Trier sabe escoger a sus estrellas para interpretar lo mejor posible el papelón correspondiente. Charlotte Gainsbourg está correctísima en su interpretación reflejando su estado en cada uno de los episodios en los que se divide la película, aberrante final a parte, que son a su vez reflejo de los diferentes pesares que martirizan su mente, a saber: Tristeza, desesperanza y dolor, la tríada teológicamente denominada como los tres mendigos. Willen Dafoe da vida al marido terapeuta cuya arrogancia y condescendencia le llevan a ocuparse personalmente de su mujer, pues él es el más indicado para ayudarla, a pesar de que su relación se resume en conversaciones intranscendentes entre fornicación y fornicación.
Para superar el trauma emocional la pareja decide dejar la ciudad e irse a una apartada cabaña del bosque, llamado Edén (¡que simbolismo, maestro!), antítesis del paraíso. El sombrío y salvaje paisaje podrían ser un reflejo perfecto del infierno. Allí, entre brumas, animales salvajes (de nuevo simbolismo simplón, ciervo, zorro) y una casi constante y desesperante lluvia de bellotas la situación lejos de arreglarse se hace cada vez más insostenible. Mientras él le da a ella lecciones de como superar la muerte de su hijo mientras va experimentando extrañas visiones en el bosque, ella se balancea entre la repentina recuperación y la definitiva locura, siendo el sexo compulsivo lo único que parece calmar su ansiedad, como si en el pene de su pareja se escondiera su salvación y no en su fatua palabrería.
Cada vez está más claro, sino lo estaba ya al principio, que él es un pelele que no tiene consciencia alguna de la situación a la que se enfrenta. Lejos de la ciudad, sometidos a la crueldad de la naturaleza (“la naturaleza es la iglesia de Satanás” como se dice en la película) la racionalidad carece de sentido, siendo las fuerzas más oscuras y antiguas las que rigen el devenir de los acontecimientos.

Con esta máxima tan manida en el cine de terror y yendo aún más allá cuando pone en boca de la mujer la siguiente frase “si la naturaleza es inherentemente malvada, la naturaleza de la mujer, por lo tanto, es inherentemente malvada” Lars Von Trier nos presenta un personaje femenino totalmente desequilibrado que personifica la maldad ancestral de la hembra defendida por las principales religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islamismo). Ese repentino cambio en la protagonista femenina es justificado mediante un flash-back que pretende ser la explicación final del sadismo perpetrado en la última parte de la película, que por otro lado, causa más gracia que desasosiego, con la famosa escena que tantas ampollas levantó en Cannes a la cabeza.

La última obra de Lars Von Trier, por tanto, ni siquiera consigue provocar o escandalizar, por lo menos a cualquiera que esté familiarizado o haya visto el cine de Nagisa Oshima, Kim-Ki Duk o Takashi Miike. (aunque teniendo en cuenta la gratuidad de la mayoría de barbaridades quizá estaría más próximo a Lucio Fulci, sin la sana morbosidad del italiano, por supuesto) Está muy lejos de sus pretendidos referentes, Dreyer, Bergman o Tarkovsky, las comparaciones nunca fueron tan odiosas (la dedicatoria final ofenderá a quien quiera entrar en el juego, a mí me hizo tanta gracia como el resto)

Dejando a un lado la bellísima fotografía de Anthony Dod Mantle, los impecables efectos de maquillaje (lo único que le haría pasar como ejemplo de cine de terror digno, eso y su naturaleza descaradamente comercial) y la descarnada interpretación de Charlotte Gainsbourg, el resto es simplemente un ejercicio de onanismo que supura mediocridad.

No nos dejemos engañar por cuatro puntuales escenas oníricas que a parte de ser visualmente atractivas poco o nada aportan a la historia, la película lo que vende es sexo, sangre y muerte valiéndose de dos actores de reconocido prestigio y apoyándose en un guión endeble por los cuatro costados que hace avanzar la historia caprichosamente. Todo lo citado anteriormente me parece totalmente respetable, pues es lo que hace cualquier producción de serie B o Z buscando vender el mayor número de entradas posibles. Películas con las cuales suelo disfrutar, la diferencia es que estas películas son honestas, no tienen ínfulas autorales ni pretenden ser más de lo que son, mero entretenimiento, teniendo en ocasiones mayor carga psicológica y haciendo reflexionar más al espectador que la pretenciosa obra de Von Trier.

jueves, 23 de julio de 2009

LA TOMA FINAL

“Final cut”
Directores: Dominic Anciano y Ray Burdis.
Guión: Dominic Anciano y Ray Burdis.
Intérpretes: Jude Law, Sadie Frost, Ray Winstone, John Beckett, William Scully, Mark Burdis, Perry Benson, Lisa Marsh, Ray Burdis, Dominic Anciano.
(Reino Unido, 1998)

Sinopsis:

Once amigos se reúnen en el funeral de su joven amigo Jude. Su viuda, Sadie, les pide que acepten ver la película que el difunto había estado grabando durante los dos últimos años. La cinta resulta tener como protagonistas a los propios asistentes que habían sido grabados en casa de Jude por cámaras ocultas. Poco a poco se irán revelando todos los secretos del grupo.

Primera película de la dupla (interpretación, producción, guión y dirección) formada por Dominic Anciano (que gran nombre para un gangster italo-americano) y Ray Burdis. Habituales de la televisión británica son los creadores de la serie “Operation good guys” (1997). Dirigirían otro largometraje titulado “Love, honor and obey” en 2001. Prácticamente con el mismo elenco actoral, en el que destacan la presencia de Jude Law y Sadie Frost, desarrollarían en esta ocasión una historia sobre la mafia del sur de Londres pero sin abandonar su habitual tono ácido tan característico del humor inglés.

Anticipándose, al menos en nuestro país, al infame fenómeno televisivo de Gran Hermano, Dominic y Ray elaboran una trama de lo más simple y efectiva que aprovecha al máximo sus escasos recursos técnicos. Estamos ante una producción eminentemente modesta en la que su descuidado look imprime realismo a la historia. Apúntese a modo de anécdota que los nombres de los personajes son los mismos que los de los actores.

Apoyándose en un casting brillante la película nos hace enfrentarnos cara a cara con uno de los enemigos más temidos por el ser humano… la verdad. ¿Seriamos capaces de soportar las opiniones que realmente tienen de nosotros nuestros seres queridos? ¿Aguantaríamos estoicamente sentados en un sillón mientras vemos un video en el que nuestra pareja nos es infiel con nuestro mejor amigo? ¿Qué opinión tendríamos de nosotros mismos al vernos borrachos y drogados burlándonos de las debilidades de los demás? Nadie, absolutamente nadie, saldría indemne del ojo inquisidor de una cámara oculta.

Jude Law, inmenso en su papel de sardónico demiurgo, desnuda a sus invitados de la peor manera posible, sometiéndolos al juicio de la comunidad. Su viuda, Sadie, se encargará de que ninguno de los involuntarios protagonistas se escape de un sólo minuto de la proyección. Un experimento macabro que desenmascarará por completo la verdadera personalidad de los asistentes.

Tomando como base un guión, quizá demasiado forzado o condicionado de cara a la sorpresa final y cayendo en más de un ocasión en el estereotipo al describir las supuestas conversaciones privadas que mantienen hombres y mujeres en sus respectivos grupos (destacar la esperpéntica, aunque hilarante, escena en la que una de las chicas muestra a sus amigas las bolas chinas que siempre lleva en su interior), la premisa no deja de ser interesante. ¿Qué pasaría si todos estuviéramos siendo observados? ¿Alguna pareja aguantaría la revelación de la verdad? Esa es la dura prueba a la que se someten los amigos de Jude.

Al final de la película ningún personaje resulta simpático al espectador, desde el propio Jude, con su maquiavélico juego en pos de poner boca arriba la personalidad de cada uno de sus amigos hasta Sadie, orgullosa cómplice, pasando por la troupe de maltratadores, adúlteros, violentos, traidores, gorrones y, en general, indeseables que conforman el resto de la pandilla. Un panorama tan desolador como, desgraciadamente, convencional.

Toda la película está rodada como si de un documental casero se tratase. El vídeo rodado por Jude se divide entre secuencias con cámara fija o en mano grabadas con el consentimiento de los protagonistas y las secuencias recogidas por las cámaras ocultas situadas en las diferentes habitaciones de la casa y en los pubs donde solía reunirse el grupo. La parte rodada en el entierro, donde se producen las reacciones de los asistentes, está rodada cámara en mano por un supuesto profesional al que Sadie encargó rodar la ceremonia.

Este aire desnudo, amateur, juega claramente a favor de la producción, pues parece que estemos asistiendo a algo real (en una parte de la grabación Jude muestra el tipo de cámaras que utiliza para la elaboración de su “proyecto”), como si alguien se hubiera encontrado la cinta en casa de un amigo y nos la hubiera pasado. Es indudable por tanto el morbo voyeurista que suscita la película. No en vano, la cinta grabada por Jude se inicia con la grabación de una de las asistentes orinando en el water, violando brutalmente su intimidad y dando comienzo al espectáculo voyeur sin ningún tipo de concesiones del que nos va a hacer partícipes. ¿Qué es más enfermizo la actitud de la gente a espaldas de sus parejas y amigos o el ojo que espía tras la cerradura?.
Un entretenimiento tiernamente patético y fascinantemente culpable.


martes, 8 de julio de 2008

WONDERFUL TOWN

Director: Aditya Assarat
Guión: Aditya Assarat
Director de fotografía: Umpornpol Yugala
Música: Koichi Shimizu, Zai Kuning
Intérpretes: Anchalee Saisoontorn, Supphasit Cansen, Dul Yaambunying
(Tailandia), 2007

El interesante director tailandés Aditya Assarat da el salto al largometraje de ficción tras sus cortometrajes “Motorcycle” 2002 y “Waiting” 2003, y su paso por el documental en 2005, cuando codirigió “3 friends”. La jugada difícilmente le podía haber salido mejor, el éxito le ha acompañado a lo largo del año prácticamente en todos los festivales por los que a paseado su película: Premio Especial del Jurado en el Festival de Las Palmas, premio “Tiger Award” a la mejor película en el Festival de Rótterdam, New Currents Award en el Festival de Pusán, premio FIPRESCI en el Festival de Hong Kong, Premio Especial del Jurado en el “Festival de cine asiático de Daeuville y Gran Premio Ciudad de Lisboa en el certamen “Indie Lisboa”.

Sinopsis:

Tom, un arquitecto de Bangkok, se desplaza para la construcción de un nuevo hotel, a un pequeño pueblo costero que se encuentra en plena reconstrucción, tras ser asolado por el Tsunami en el 2004. En el hotel que se hospeda conoce a Na, la tímida y cándida recepcionista de la cual se enamora. Las relaciones entre la joven y el recién llegado no serán bien vistas por Wit, el hermano de la muchacha.

Lo cierto es que tantos parabienes por parte de tal cantidad de certámenes me hacían tener cierto recelo con esta producción thai, la unanimidad de criterios a la hora de alabar una obra, bien sea cinematográfica o literaria, suele encerrar detrás una serie de intereses que poco o nada tienen que ver con la calidad artística del producto y mucho con los pingües beneficios que de su promoción puedan obtener productores, distribuidores y demás intermediarios.

Afortunadamente no es el caso de esta historia intimista que desborda belleza y crueldad a partes iguales, la historia de un amor imposible en un lugar paradisíaco, donde el bellísimo paisaje natural y el sol que lo baña nos impiden vislumbrar a primera vista el odio, la violencia y el dolor que esconden sus calles, sus gentes. Una visión más profunda (la que acomete el realizador) nos permite ver las grietas de un edificio a punto de desmoronarse. Viejas heridas sin cicatrizar, un pasado convulso que impide la normalidad del presente. La armonía de la comunidad, la amabilidad de sus paisanos, las buenas formas, la cordura, todo desaparecerá bruscamente de la noche a la mañana. El mero hecho de que un forastero mantenga relaciones sexuales con una joven de la localidad saca a flote los instintos más bajos de los lugareños. Su miedo y su inseguridad se hace más que patente ante la presencia del “extraño” en cuanto pretende arrebatarles algo que les “pertenece”.


A través de un estilo pulcro en la dirección, (a destacar esos tonos fríos de la fotografía que huyen de la característica estampa de postal de lugar exótico), el cineasta tailandés narra una historia en realidad tan vieja como la existencia del hombre, obsesionado siempre con la posesión, territorial, material y personal.

Rozando en ocasiones el tono documental, tan en boga en el cine independiente actual (y tan usado en movimientos pretéritos de la historia del cine como el Neorralismo o la Nouvelle Vague), la película tiene (sobretodo en su primera parte, en la que se presentan los personajes) un carácter contemplativo, (largos planos del mar y del resto de paisajes naturales que envuelven a la localidad) lo que introduce rápidamente al espectador en la atmósfera que respiran los personajes. El sabio uso de los silencios nos evita el tener que soportar los diálogos manidos que suelen abundar en las producciones comerciales, dejando a los actores (extraordinariamente dirigidos) la transmisión de emociones a través de su rostro, de su lenguaje corporal. Cuando la pareja protagonista se relaciona tan sólo necesita mirar a los ojos del otro para saber lo que quiere, lo que piensa, lo que necesita. A veces una mirada dice mucho más que centenares de palabras. También dialogan entre ellos, pero sus diálogos no sufren la edulcoración del mal llamado cine romántico, al contrario, intercambian frases que gozan de sana intranscendencia. Hablan por hablar, por pasar el rato, sin decirse nada importante, para eso no les hacen falta las palabras. Como les pasaba a Michel Poiccard y a Patricia en aquella habitación de un hotel parisino.

Abundan las metáforas visuales (las olas rompiendo a la orilla del mar, aparentemente en calma tras el devastador Tsunami. Na colgando la ropa vista a través de la ventana enrejada) y la belleza está presente en cada fotograma. Con los suaves movimientos de cámara, la tranquilidad del paisaje y la excelente partitura que envuelve el conjunto, Aditya Assarat construye un poema visual que emociona por su sencillez, por su honestidad. Huyendo de los vacuos artificios y del estereotipo fácil, para construir una historia a través de personajes “reales” (destacar que los actores no son profesionales lo que hace aún más auténtica su interpretación), confundidos, como todos los demás, por la hostilidad del mundo que les rodea. Una auténtica delicia.

martes, 22 de abril de 2008

ÁNGELES DEL INFIERNO



Ángeles del infierno (Hell´s angels)
Director: Howard Hughes, (no acreditados: James Whale y Edmund Goulding)
Guión: Harry Behn, Howard Estabrook, Joseph Moncurre March, sobre un argumento original de Marshall Neilan
Música: Hugo Riesenfeld
Fotografía: Antonio Gaudio, Harry Perry
Intérpretes: Ben Lyon, James Hall, Jean Harlow, John Darrow, Lucien Prival
(EE.UU) 1930

Argumento: (Esquema completo de la película, incluyendo el final. Si no la has visto…¡sáltatelo!)

Poco antes del comienzo de la I Guerra Mundial, los hermanos británicos Roy y Monte Rutledge pasan unos días en Alemania junto a su amigo germano Karl Armstdet. Monte es sorprendido en uno de sus muchos escarceos amorosos por el Barón Von Krantz metiendo mano a su esposa, el oficial alemán lo desafía a batirse en duelo con él, el joven huye a Inglaterra y es su hermano Roy quien va al encuentro en su lugar, sufriendo el roce de una bala en el brazo. Una vez el trío de amigos se encuentra en Inglaterra Karl recibe una carta que le obliga a incorporarse a filas, Alemania a declarado la guerra a Francia. Roy se alista más tarde como voluntario en la RFA (Real Fuerza Aérea), Monte que no quiere alistarse se verá obligado a hacerlo cuando besa a una joven que ofrece sus labios para reclutar jóvenes para la aviación. Una vez comenzada la instrucción Roy presenta a Monte a su novia Helen, a la que considera una chica decente, sin embargo ésta se acuesta con Monte, el cual no puede resistirse a sus encantos. Karl muere en combate tras eludir el bombardeo sobre Trafalgar Square mientras Roy y Monte consiguen derribar el “pájaro” alemán que intentaba destrozar Londres. Tiempo después, en el frente francés la guerra continúa, en el turno nocturno de la RFA muere al menos un piloto cada día, el último en morir había cambiado el turno a Monte, éste es acusado de cobarde. Para resarcirse de las críticas Monte acepta la misión suicida de bombardear una base alemana a bordo de un avión robado al enemigo, Roy le acompaña en su misión. La noche antes de volar Roy se desengaña cuando descubre a Helen ebria besuqueándose con un teniente de infantería, los dos hermanos se emborrachan hasta la hora de la batalla. Tras acabar con la base germana un avión consigue derribarlos, salen ilesos pero son capturados como prisioneros, el encargado de juzgarles es el Barón Von Krantz, quien reconoce a Monte al instante, les ofrece un trato si les dicen los planes de su ejército. Para que Monte no confiese Roy se ve obligado a dispararle por la espalda, Roy es fusilado pero gracias a su acción el frente británico logra avanzar y sorprender a los alemanes.

La superproducción hollywoodiense llevada a cabo por el megalómano Hogar Hughes, una de las mayores de la historia, es además de una película bélica, una de las pocas dedicadas a la gran guerra, un drama de tintes épicos, incluso podría calificarse como tragedia, las espectaculares escenas rodadas en exteriores por la aviación son técnicamente asombrosas y sin duda se encuentran entre las mejores escenas de acción jamás rodadas, el ballet aéreo al que asistimos sin en el uso de transparencias pone los pelos de punta, el rugir de los motores es música celestial para los oídos. La moralidad de la película es de una contemporaneidad apabullante, la cínica visión que tiene el apuesto y mujeriego Monte sobre el sexo femenino se confirma en la “peligrosa” rubia que interpreta a la perfección la malograda Jean Harlow (claro antecedente de la otra rubia indiscutible del celuloide, Marilyn Monroe), no es de extrañar que la misoginia que desprende la historia fuera idea del propio Hughes un hombre muy cercano al carácter del personaje que interpreta Ben Lyon, el dueño de la RKO era todo un playboy dentro de Hollywood (lo que es como decir un playboy universal) mantuvo affaires con Katharine Hepburn, Ava Gardner, Bette Davis, Olivia de Havilland, Ginger Rogers o la propia Jean Harlow. El año de producción de la película, anterior al código Hays permitió que se realizaran algunas escenas subidas de tono, como la que se produce en la fiesta de alta sociedad en la que Roy presenta a Helen a su hermano, ella luce un vestido escotado sin sujetador, pide a Roy que le vaya a buscar un ponche, momento que aprovecha para besar a Monte… ¡si amigos, en Hollywood las chicas ya tomaban la iniciativa en los años treinta! El consabido puritanismo americano no aparece en ningún momento a lo largo del relato, más bien está teñido de un elegante decadentismo europeo.

La película es un claro alegato antibelicista (como suele ocurrir con las mejores películas bélicas) el personaje de Monte cuando es acusado de cobarde por sus compañeros al intentar escaquearse de su turno de vuelo expone uno de los discursos más lúcidos que se hayan dicho en contra de la guerra en la historia del cine:

“no es verdad, no soy un cobarde. Puedo ver las cosas como son, eso es todo. Y estoy harto de este negocio bestial. Tontos. ¿Por qué permitís que os maten así? ¿Por qué estáis peleando? Patriotismo. Deber. ¿Estáis locos? ¿No os dais cuenta que son sólo palabras? Palabras acuñadas por políticos y buitres para conseguir que peleen por ellos. ¿Qué es una palabra comparada con la vida? La única vida que tenéis. Os daré una palabra. ¡Asesinato! Eso es ésta podrida guerra de los políticos. ¡Asesinato! Vosotros lo sabéis tan bien como yo. ¿Cobarde yo? ¡Vosotros sois los cobardes! ¡Yo tengo agallas para decir lo que pienso! ¡Vosotros tenéis miedo de decirlo! ¡Tanto miedo de que os llamen cobardes que preferís que os maten primero! Tontos. Infelices y estúpidos tontos”

EN EL PÁRRAFO QUE SIGUE SE DESVELA EL FINAL (Aviso para navegantes)

El final de la historia, con el sacrificio que hace Roy de la vida de su propio hermano no lo considero un acto de patriotismo, sino más bien de compañerismo, si Monte hubiera facilitado la información a los alemanes hubieran muerto tres mil hombres, tres mil compañeros, por tanto es un gesto heroico que nace del humanitarismo del que, por otra parte, el personaje hace gala a lo largo de toda la película.



domingo, 6 de abril de 2008

THE HUSTLER (EL BUSCAVIDAS)







The Hustler (El buscavidas)
Director: Robert Rossen
Guión: Robert Rossen & Sidney Carroll (Novela: Walter Tevis)
Música: Kenyon Hopkins
Fotografía: Eugene Shuftan (B&W)
Intérpretes: Paul Newman, Jackie Gleason, George C. Scott, Piper Laurie, Myron McCormick, Murray Hamilton, Vincent Gardenia, Michael Constantine
(EE.UU) 1961

Robet Rossen, desgraciadamente recordado por delatar a buena parte de sus colegas durante la caza de brujas del senador McCarthy, comenzó su carrera escribiendo guiones durante los años 30, entre los que destacarían “Los violentos años 20” Raoul Walsh, 1939 y “El extraño amor de Martha Ivers” Lewis Milestone, 1946. Como director se especializó en el drama, realizando clásicos indiscutibles como “Cuerpo y alma”, 1947 o “El político”, 1949.

Argumento:

Eddie Felson quiere demostrar que es el mejor jugador de billar de los EE.UU venciendo a el gordo de Minesota que lleva quince años imbatido, su socio lo lleva hasta él y juegan una maratoniana partida, tras cuarenta horas Eddie que había llegado a ir ganando dieciocho mil dólares pierde por su falta de carácter, quedando arruinado. Deja a su apoderado y conoce a Sarah, una chica alcohólica con problemas de insomnio con la que convive mientras hace pequeñas apuestas para ir tirando, hasta que un día Bert Gordon, (apoderado de el gordo de Minnesota) le propone realizar una gira para comenzar a ganar dinero a lo grande. Durante el recorrido los problemas existentes entre Sarah y Bert acaban con el suicidio de la joven, lo que transtorna profundamente el carácter de Eddie. Cuando Felson reúne dinero suficiente decide tomarse la revancha con el gordo al que consigue vencer, su cambio de carácter le ha ayudado a ganar, desgraciadamente el precio a sido demasiado alto.

Al enfrentarnos a una obra de tamaña magnitud solo cabe el aplauso y la admiración, el único calificativo que le hace justicia es el de absoluta obra maestra. La fotografía da carácter a las imágenes, viste el film de una sofisticación clásica, le da glamour, los cigarrillos, los sombreros, los billares, las timbas de pócker, perfectamente retratados empapan el ambiente de exquisita decadencia, las interpretaciones son más que brillantes, son profundas, el guión está estudiado al milímetro, los diálogos son elocuentes y con un lenguaje que ya quisiéramos para las producciones actuales, en ese punto intermedio entre la literatura y el hablar cotidiano, la planificación está siempre a la altura, la cámara como si tuviera conciencia propia conjuga a la perfección el virtuosismo con la practicidad en función de las necesidades dramáticas, la banda sonora se engrana perfectamente a la acción, los temas de jazz le dan un toque “cool”, mientras, el silencio de los billares deja que nuestros oídos se deleiten con el sonido de las bolas al rodar por el tapete.







Si hay que destacar algo entre tanto trabajo bien echo es el espléndido casting, uno de los más acertados vistos jamás sobre la pantalla, la química entre los cuatro personajes que sustentan el desarrollo de la trama es inmejorable, Paul Newman (Eddie Felson) brilla con luz propia como anti-héroe romántico, un fullero presa de su ego de artista que le impide desarrollar su rol de timador, en el fondo su corazón puede siempre con su estómago.

George C. Scott encarna a Bert Gordon, es la antítesis del protagonista, es la practicidad, la crueldad, la amenaza en la sombra, el hombre amable que ofrece caramelos envenenados a los niños, desde un punto de vista materialista se podría afirmar que representa al sistema, es la máquina capitalista que exprime al individuo. Aprovechándose de su fuerza de trabajo obtiene pingues beneficios, cobra su abusiva comisión hasta que el jugador está agotado, entonces busca una nueva presa que le sea más rentable, lo más ofensivo es la satánica complacencia con la que defiende orgulloso la licitud de su negocio.

Jackie Gleason está inmenso (al margen de su físico) en el amplio traje que viste al gordo de Minnesota (Minnesota fats) el “rival” (en realidad lo son mucho más Bert Gordon y antes su propio carácter) de Eddie Felson, frente a la precipitación de el joven californiano muestra paciencia y aplomo, su forma de moverse alrededor de la mesa de billar recuerda más a un bailarín clásico que a un jugador profesional, a pesar de la gordura y tosquedad de sus dedos hace resbalar elegantemente al taco hasta que hace contacto con la bola que describe una trayectoria perfecta para acabar finalmente con precisión matemática en la cesta.

Shara, interpretada más que convincentemente por una joven y bella Piper Laurie, es la víctima indiscutible de la historia, su cojera es más emocional que física. Alguien con un corazón tan grande no tiene cabida en un espacio dominado por el dinero y el engaño. Personaje íntegro, entrega su amor de manera incondicional al romántico y perdido galán, desgraciadamente la maldad que habita en el interior de la gente acaba trágicamente con su vida.

No cabe ninguna duda de que la película está plagada de escenas inolvidables, es injusto escoger tan sólo una, pero de lo contrario narraría el film a tiempo real, por tanto escogeré la que para mí gusto tiene mayor ritmo y fuerza, la primera partida que enfrenta a Eddie Felson con El Gordo de Minnesota. El joven aspirante acompañado de su socio llegan a la ciudad dispuestos a comerse el mundo desplumando al más grande, el jugador imbatido desde hace quince años, El gordo de Minnesota. Los Ames billiards situados en la calle 47 de New York no tienen bar ni máquinas recreativas ni bolera, sólo billares como anuncia el recepcionista, a Eddie le gusta el ambiente, la aparición en escena del Gordo es brillante, seguro sobre sus anchas piernas llega hasta la mesa en la que juega el flaco aspirante para empezar un excelente combate verbal:

- Tiene buen ataque
- Gracias, ¿juega usted al billar americano?
- Alguna vez, si hay ocasión
- (con sonrisa burlona) Es usted el Gordo de Minnesota, ¿verdad?
- (Asiente alzando un brazo)
- Tiene usted fama de ser el mejor de los estados, excepto del mío claro
- (con tono irónico) ¿Es eso verdad?
- (de nuevo la sonrisa burlona de truhán) Siiii, amigo, dicen que el gordo juega más con los ojos que con las bolas
- (Se ríe complacido) ¿De que estado es usted?
- De California
- ¿De California? ¿Se llama Felson?
- Si
- Eddie Felson
- Sii…señor
- Tengo entendido que andabas buscándome
- Sii..en efecto (sin borrar la soberbia sonrisa de sus labios)
- Big John (gritando) ¿crees que este chico es un busca vidas), ¿te gusta apostar Eddie, jugarte el dinero al billar?
- Gordo te desafío a jugar conmigo (¡¡¡¡Grande!!!!)
- ¿Cien dólares?
- Tu siempre juegas fuerte gordo, al menos eso dicen todos, que juegas muy fuerte… digamos doscientos dólares la partida
- Ahora se por qué te llaman relámpago, Eddie nos vamos a entender


La planificación de la secuencia es brillante, panorámicas que muestran el local en toda su extensión, el travelling que sigue al gordo en su llegada, plano-contraplano (en plano medios) durante el precoz encuentro entre los dos contendientes mostrando las punzantes miradas y las irónicas sonrisas que se dedican. Mención a parte merece el desarrollo de la partida, la cámara no pierde detalle, sigue con precisión las espectaculares jugadas, del mismo modo que los movimientos y las sensaciones de los jugadores. Cuarenta horas condesadas menos de treinta minutos de vértigo y adrenalina (y estamos entre cuatro paredes) ni la mejor persecución puede superar la tensión existente en esta sala con las ventanas cerradas. El montaje es preciso, el uso de elipsis y los primeros planos del reloj con su rápido mover de agujas hacen que el ritmo sea intenso y frenético involucrando al espectador en la emoción de la partida.

El personaje de Eddie sufre su primer revés, emocionalmente sale herido de los billares, su bravura y sus ansias de triunfo son frenadas en seco por alguien más experimentado, una lección que debiera no olvidar aunque ya se sabe eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (por lo menos, claro)

En esta misma escena vemos también por primera vez a Bert Gordon, con su vaso de leche jugando a las cartas en un local situado frente a los billares, silencioso como una serpiente se introduce en los Ames billiards para ver el desarrollo de la partida avisado por uno de sus compinches.

La resolución de la secuencia muestra, tras la dolora y humillante derrota de Eddie, la separación de su socio y amigo Charlie. Vemos por primera vez el carácter “perdedor” de “Relámpago”, (no sabe ganar, hay algo que inconscientemente le hace tirar por la borda la partida y su propia vida, como veremos más tarde) cuando se emborracha y comienza a pavonearse de manera absurda después de poder haberse retirado a tiempo. Su excesiva arrogancia y la falta de respeto a su rival (llega a dormirse hacia el final de la partida) acaban con el gran jugador arruinado y tirado por los suelos. La importancia de esta escena es pues incuestionable, tanto por su belleza formal como por la trascendencia que tendrá en el devenir de la historia.

Martin Scorsese perpetraría una floja continuación del personaje de Eddie “Fast” Felson en 1986 titulada en España, “El color del dinero”. Veinticinco años después Paul Newman volvería a interpretar el papel de fullero, esta vez aleccionando a un estúpido e ingenuo pupilo encarnado a la perfección por Tom Cruise (quizá por mimetismo con el personaje)

Jamás un perdedor a tenido tanto gancho como Eddie Felson, si algún día me lo encontrara en alguna sórdida sala de billar le invitaría sin dudar a un whisky J. T. S. Brown y quizá me dejara timar, para aliviar las profundas heridas de su corazón.