“Rec 2”Directores: Jaume Balagueró, Paco Plaza.
Guión: Jaume Balagueró, Manu Díez
Intérpretes: Manuela Velasco, Jonatha Mellor, Alejandro Casaseca, Óscar Zafra, Pau Roch, Pep Molina, Juli Fábregas, Carlos Olalla, Álex Batllori, Raul Moya Juarez, Ferran Terraza, Javier Botet, Pablo Rosso, Andrea Ros, David Vert, Ariel Casas, Martha Carbonell, Ana Isabel Velásquez, Nico Braixas.
(España, 2009)
Sinopsis:
Un grupo de GEOS, acompañados por un inspector de sanidad, se introduce en el bloque de edificios del Eixample dónde unos minutos antes habíamos visto por última vez a la reportera Ángela Vidal. La alarma les había avisado de una infección pero una vez en el interior del inmueble se darán cuenta de que les habían engañado. El edificio se encuentra sellado, nadie puede entrar pero tampoco salir. Tan sólo la erradicación de la supuesta infección les permitirá salir de allí.
Hace dos años que “Rec”, obra conjunta de dos de los directores españoles más reconocidos en el terreno fantástico, sorprendía a medio mundo con su arriesgada propuesta visual que nos sumergía de lleno en el terror. Además de la dinámica utilización de la cámara al hombro, su esquemático argumento era una base idónea para introducir al espectador en una desquiciante subida a los infiernos. Lo que en principio era un documental para un programa local sobre la cotidianidad del día a día en el parque de bomberos se convertiría en un auténtico infierno cuando una alarma avisaba de un incidente en el interior de un edifico del Eixample barcelonés. La cámara de televisión era el imperturbable testigo que nos iba narrando el estupor que la reportera Ángela Vidal, el equipo de bomberos y una comunidad entera de vecinos experimentaban ante cada nueva atrocidad que contemplaban. Una extraña infección de origen desconocido transformaba a los contagiados en lo que parecían zombies sedientos de sangre.
El horror iba en aumento ante cada nuevo episodio de locura. Un edificio sellado en el que las bajas humanas se iban sucediendo y el ejército de infectados continuaba creciendo. El descubrimiento del ático plagado de recortes de periódico que hablaban de una tal niñas Medeiros y de investigaciones del Vaticano ponía la truculencia necesaria para transformar la trama de acción sangrienta en un oscuro e inquietante relato de ocultismo. La aparición del pútrido personaje en la última escena y la desaparición de Ángela en la oscuridad sería uno de los momentos más altos del fantástico en los últimos años.
“Rec” se convirtió en un auténtico fenómeno de masas con todo merecimiento, sus responsables supieron aprovechar un recurso ya utilizado en el cine de terror (“Holocausto Canibal”, “El Proyecto de la Bruja Blair”, “My litlle eye”), la cámara al hombro que uno de los personajes porta, narrando con nervio una refrescante historia de terror. El éxito de taquilla en España fue inmediato, en EE.UU. gozaría de una digna exhibición que le permitiría arrancar otro pellizco a la taquilla norteamericana además de vender los derechos para el remake americano, “Quarantine”.
Numerosos foros de internet se hacían preguntas y elaboraban teorías sobre la niña Medeiros, querían saber más. La película mostraba toda aquella imaginería esotérica sin dar explicación del oscuro secreto que encerraba el ático, el espectador tenía la misma información que los personajes. No podía quedar ahí, el público, o al menos un gran número de aficionados, quería saber más. Sus directores, al tanto de la expectación que habían despertado sus pinceladas sobre el origen de la infección, escucharon las reclamaciones del famdom (y las de sus bolsillos, claro) y decidieron llevar a cabo una secuela en la que se indagara sobre el popular personaje de la niña Medeiros.
Apostando por la misma estética de su predecesora pero añadiendo, a su vez, nuevas perspectivas a través de las cámaras que llevan los policías en sus cascos y la handycam de un trío de adolescentes los directores abandonan la sorpresa, imposible de mantener tras el shock que supuso el original, para agudizar las dosis de truculencia en un viaje por derroteros fantásticos más tradicionales (posesión demoníaca, realidades paralelas).
El comienzo de “Rec 2” crea grandes expectativas, con ese recurso que tan sabiamente utilizaba el maestro Alfred Hichtcock, en el que el espectador sabe el terrible peligro que corren los protagonistas (todos los que hayan visto “Rec” saben lo que ocurre en el interior del bloque y la suerte que espera a toda persona que se adentre), lo que facilita la sensación de angustia e inquietud nada más comenzado el relato sin dar un momento de tregua, ni siquiera para presentar a los personajes. Quizá sea mejor así, para que encariñarse con ellos si tarde o temprano les van a dar pasaporte de manera cruenta y/o expeditiva, según las necesidades narrativas. No tenemos más que echar un ojo a las filmografías de los responsables para descubrir los finales apocalípticos de los que gusta Jaume Balagueró y, en menor medida, su colega Paco Plaza.
Tras endulzarnos con ese delicioso caramelo envenenado que supone el punto de partida, sobre todo tras desvelar una de las principales sorpresas de esta secuela WARNING SPOILER!! (el supuesto inspector de sanidad que entra en el inmueble junto con el equipo de policías es en realidad un sacerdote enviado por el Vaticano para conseguir una muestra de sangre de la niña Medeiros que permita acabar con la infección!!), la película comienza a perder intensidad. La causa fundamental del desinterés en el que poco a poco va cayendo el relato está, a mi modo de ver, en la base. El guión, reducido prácticamente a su nimio argumento, funcionaba perfectamente en la primera película porque para el espectador todo era nuevo. Nadie sabía lo que ocurría en aquel edificio: el origen de la infección, lo que sucedería a los personajes, que oscuro peligro acechaba tras cada puerta, como iban a plasmar los directores cada ataque de los infectados. La sensación de vértigo era constante, estábamos en un tren del terror del que no podíamos ni queríamos bajarnos, por muy mal que lo estuviéramos pasando. La accidentada grabación de la única cámara a través de la que vivíamos en primera persona la historia manipulaba nuestras emociones, nos hacía pasar miedo.
Como en cualquier atracción de feria la emoción del primer viaje, del primer descenso al vacío, es inigualable. La segunda vez ya nada parece igual, agotada nuestra capacidad de sorpresa nos bajamos, una vez finalizado el viaje, pensando que quizá no deberíamos haber subido. Algo parecido pasa cuando sales del cine tras ver “Rec 2”, no hay nada que nos transmita ese vértigo, esa sensación de miedo a lo desconocido, al abismo. La historia de la niña Medeiros no aumenta nuestro temor a través de una excesiva explicación de su origen, esa que tanto gustan las peores producciones usamericanas, todo lo contrario. Los apuntes de la primera parte, a través de la ambientación del macabro ático eran mucho más efectivas.
Era obvio, por otra parte, la dificultad que tenía volver a asustar a través de las apariciones de los infectados. De ahí la apuesta por el origen sobrenatural del virus que asedia el edificio. Tomando como claro referente dos títulos tan señalados como “The Exorcist” de William Friedkin y “Night of the living dead” de George A. Romero, el filme intenta introducir mayor truculencia a través del origen diabólico del mal que asola el edificio. La influencia de los clásicos mencionados va más allá de lo puramente temático, (de la obra de Friedkin se copia hasta el lenguaje blasfemo), plasmando esa naturaleza cínica tan característica del cine de los setenta. No obstante el resultado final de la obra se encuentra muy lejos de la crudeza de los originales en los que se apoya. A pesar de contener alguna que otra escena en la que se llega hasta el límite de lo políticamente correcto (aunque sea en fuera de plano) nunca se supera esa barrera que en su día rompieron otros títulos del fantástico español como “¿Quién puede matar a un niño?” del inigualable Narciso Ibañez Serrador.
El problema de tomar prestados títulos rodados entre los años sesenta y los ochenta (el homenaje a “La Cosa” de Carpenter en la toma de las muestras de sangre) es que la industria del cine fantástico actual está en pañales al lado de sus ilustres antepasados. La amoralidad mostrada en los cines durante la década de los setenta es impensable de presenciar hoy día. Estamos en la dictadura de lo políticamente correcto, dentro de la ficción, claro. Pero los aficionados al fantástico hemos disfrutado y seguimos disfrutando (a través de las nuevas tecnologías digitales) aquellas obras que mostraban sin tabúes, algunas veces por pura necesidad, otras buscando simplemente escandalizar, todo tipo de atrocidades en pantalla. Lógicamente la película de Plaza y Balagueró poco sobresalto o temor nos puede provocar, quizá lo haga a los espectador más jóvenes o menos curtidos pero al aficionado lo único que puede provocar, en el mejor de los casos, es una leve sonrisa.
Lo que ya no provoca tanta gracia es la baja calidad del guión a pesar de que sea un mero vehículo para conducir en la sorpresa final. Los personajes del primer “Rec” estaban bien construidos, el espectador podía identificarse con ellos e interactuaban correctamente. En la secuela ningún personaje, salvo quizá el histriónico sacerdote que parece sacado de un cómic de la E.C., tiene una personalidad definida. Especialmente preocupante es el grupo de adolescentes que atropellan sus frases en un capítulo que resta ritmo a la historia con el único pretexto de introducir una nueva cámara que sirva como testigo. Sin culpar a los actores, con ese guión y esos diálogos poco podían hacer, el nivel interpretativo es, en general, prácticamente nulo. Sorprende especialmente Manuela Velasco cuya brillante interpretación de la reportera Ángela Vidal era uno de los puntos fuertes de la primera entrega y que aquí está muy poco creíble en su aparición en el giro final (que recuerda bastante a “Fallen”de Gregory Hoblit).
Desconcertante es también ese extraño aire humorístico, no sé si intencionado, que recorre la película por momentos (la escena con el tocadiscos reproduciendo “Suspiros de España” es de lo más bizarre) que impide tomarse la película demasiado en serio, a pesar de que la presencia de la niña Medeiros con ese acertado recurso de visión a través del nightshot de la cámara nos congele la sonrisa los momentos en los que aparece. Justo es reconocer que hay otros momentos de risa histérica, en los primeros compases, que cumplen perfectamente su cometido (el policía argentino riéndose, negándose a aceptar la evidencia del origen sobrenatural del peligro).
Lo mejor es tomarse la película con espíritu lúdico, olvidándonos del miedo que nos provocaba el tren de la bruja cuando éramos niños y disfrutando de una sesión divertida de Grand Guiñol a través de una historia sin pretensiones. Después de todo, ¿cuando hemos podido ver una secuela de una película fantástica española de éxito? No lo estropeemos y demos otra oportunidad a Balagueró y Plaza. El final deja inequívocamente abierta la puerta para la tercera entrega. Quizá en la próxima ocasión retomemos los miedos de antaño.





Lo que podía haber sido un pequeño clásico de la ciencia-ficción se queda en un blockbuster (habrá que esperar a los resultados de la taquilla) correcto para mayor gloria de Bruce Willis que sigue estando genial en la piel de cualquier héroe de acción y que tiene su clásica frase al estilo John McLane: “Cielo no se quienes sois, pero si sé que podrías ser un viejo sentado con la cola fuera”. La excesiva personalización del relato en el personaje de Tom es uno de los principales problemas que hace que la obra se enmarque más en el género de acción con drama familiar de trasfondo (insufribles las escenas en las que un apenado Greer visita la intacta habitación de su hijo para ver su fotografía) que en un ejemplo serio de ciencia-ficción. Un dilema moral como la utilización de máquinas para vivir nuestras vidas podría haber dado mucho juego, sin embargo la trama se centra excesivamente en dos personajes antagonistas y complementarios, por un lado está Older Canter como genio-magnate creador de los sustitutos, convertido en una especie de Dios intocable que mueve los hilos desde su mansión (hablar de la evolución del personaje sería desvelar por completo la historia), y por el otro el héroe, en clara desventaja, pero plagado de emociones humanas que le hacen superar los obstáculos que se interponen en su investigación. Ambos personajes están completamente solos, aislados, siendo sus particulares dramas personales los que les hacen tomar decisiones para cambiar el rumbo de su vida, y, por extensión, la del resto de la sociedad.



