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martes, 20 de octubre de 2009

REC 2

“Rec 2”
Directores: Jaume Balagueró, Paco Plaza.
Guión: Jaume Balagueró, Manu Díez
Intérpretes: Manuela Velasco, Jonatha Mellor, Alejandro Casaseca, Óscar Zafra, Pau Roch, Pep Molina, Juli Fábregas, Carlos Olalla, Álex Batllori, Raul Moya Juarez, Ferran Terraza, Javier Botet, Pablo Rosso, Andrea Ros, David Vert, Ariel Casas, Martha Carbonell, Ana Isabel Velásquez, Nico Braixas.
(España, 2009)

Sinopsis:

Un grupo de GEOS, acompañados por un inspector de sanidad, se introduce en el bloque de edificios del Eixample dónde unos minutos antes habíamos visto por última vez a la reportera Ángela Vidal. La alarma les había avisado de una infección pero una vez en el interior del inmueble se darán cuenta de que les habían engañado. El edificio se encuentra sellado, nadie puede entrar pero tampoco salir. Tan sólo la erradicación de la supuesta infección les permitirá salir de allí.

Hace dos años que “Rec”, obra conjunta de dos de los directores españoles más reconocidos en el terreno fantástico, sorprendía a medio mundo con su arriesgada propuesta visual que nos sumergía de lleno en el terror. Además de la dinámica utilización de la cámara al hombro, su esquemático argumento era una base idónea para introducir al espectador en una desquiciante subida a los infiernos. Lo que en principio era un documental para un programa local sobre la cotidianidad del día a día en el parque de bomberos se convertiría en un auténtico infierno cuando una alarma avisaba de un incidente en el interior de un edifico del Eixample barcelonés. La cámara de televisión era el imperturbable testigo que nos iba narrando el estupor que la reportera Ángela Vidal, el equipo de bomberos y una comunidad entera de vecinos experimentaban ante cada nueva atrocidad que contemplaban. Una extraña infección de origen desconocido transformaba a los contagiados en lo que parecían zombies sedientos de sangre.

El horror iba en aumento ante cada nuevo episodio de locura. Un edificio sellado en el que las bajas humanas se iban sucediendo y el ejército de infectados continuaba creciendo. El descubrimiento del ático plagado de recortes de periódico que hablaban de una tal niñas Medeiros y de investigaciones del Vaticano ponía la truculencia necesaria para transformar la trama de acción sangrienta en un oscuro e inquietante relato de ocultismo. La aparición del pútrido personaje en la última escena y la desaparición de Ángela en la oscuridad sería uno de los momentos más altos del fantástico en los últimos años.

“Rec” se convirtió en un auténtico fenómeno de masas con todo merecimiento, sus responsables supieron aprovechar un recurso ya utilizado en el cine de terror (“Holocausto Canibal”, “El Proyecto de la Bruja Blair”, “My litlle eye”), la cámara al hombro que uno de los personajes porta, narrando con nervio una refrescante historia de terror. El éxito de taquilla en España fue inmediato, en EE.UU. gozaría de una digna exhibición que le permitiría arrancar otro pellizco a la taquilla norteamericana además de vender los derechos para el remake americano, “Quarantine”.

Numerosos foros de internet se hacían preguntas y elaboraban teorías sobre la niña Medeiros, querían saber más. La película mostraba toda aquella imaginería esotérica sin dar explicación del oscuro secreto que encerraba el ático, el espectador tenía la misma información que los personajes. No podía quedar ahí, el público, o al menos un gran número de aficionados, quería saber más. Sus directores, al tanto de la expectación que habían despertado sus pinceladas sobre el origen de la infección, escucharon las reclamaciones del famdom (y las de sus bolsillos, claro) y decidieron llevar a cabo una secuela en la que se indagara sobre el popular personaje de la niña Medeiros.


Apostando por la misma estética de su predecesora pero añadiendo, a su vez, nuevas perspectivas a través de las cámaras que llevan los policías en sus cascos y la handycam de un trío de adolescentes los directores abandonan la sorpresa, imposible de mantener tras el shock que supuso el original, para agudizar las dosis de truculencia en un viaje por derroteros fantásticos más tradicionales (posesión demoníaca, realidades paralelas).


El comienzo de “Rec 2” crea grandes expectativas, con ese recurso que tan sabiamente utilizaba el maestro Alfred Hichtcock, en el que el espectador sabe el terrible peligro que corren los protagonistas (todos los que hayan visto “Rec” saben lo que ocurre en el interior del bloque y la suerte que espera a toda persona que se adentre), lo que facilita la sensación de angustia e inquietud nada más comenzado el relato sin dar un momento de tregua, ni siquiera para presentar a los personajes. Quizá sea mejor así, para que encariñarse con ellos si tarde o temprano les van a dar pasaporte de manera cruenta y/o expeditiva, según las necesidades narrativas. No tenemos más que echar un ojo a las filmografías de los responsables para descubrir los finales apocalípticos de los que gusta Jaume Balagueró y, en menor medida, su colega Paco Plaza.


Tras endulzarnos con ese delicioso caramelo envenenado que supone el punto de partida, sobre todo tras desvelar una de las principales sorpresas de esta secuela WARNING SPOILER!! (el supuesto inspector de sanidad que entra en el inmueble junto con el equipo de policías es en realidad un sacerdote enviado por el Vaticano para conseguir una muestra de sangre de la niña Medeiros que permita acabar con la infección!!), la película comienza a perder intensidad. La causa fundamental del desinterés en el que poco a poco va cayendo el relato está, a mi modo de ver, en la base. El guión, reducido prácticamente a su nimio argumento, funcionaba perfectamente en la primera película porque para el espectador todo era nuevo. Nadie sabía lo que ocurría en aquel edificio: el origen de la infección, lo que sucedería a los personajes, que oscuro peligro acechaba tras cada puerta, como iban a plasmar los directores cada ataque de los infectados. La sensación de vértigo era constante, estábamos en un tren del terror del que no podíamos ni queríamos bajarnos, por muy mal que lo estuviéramos pasando. La accidentada grabación de la única cámara a través de la que vivíamos en primera persona la historia manipulaba nuestras emociones, nos hacía pasar miedo.


Como en cualquier atracción de feria la emoción del primer viaje, del primer descenso al vacío, es inigualable. La segunda vez ya nada parece igual, agotada nuestra capacidad de sorpresa nos bajamos, una vez finalizado el viaje, pensando que quizá no deberíamos haber subido. Algo parecido pasa cuando sales del cine tras ver “Rec 2”, no hay nada que nos transmita ese vértigo, esa sensación de miedo a lo desconocido, al abismo. La historia de la niña Medeiros no aumenta nuestro temor a través de una excesiva explicación de su origen, esa que tanto gustan las peores producciones usamericanas, todo lo contrario. Los apuntes de la primera parte, a través de la ambientación del macabro ático eran mucho más efectivas.


Era obvio, por otra parte, la dificultad que tenía volver a asustar a través de las apariciones de los infectados. De ahí la apuesta por el origen sobrenatural del virus que asedia el edificio. Tomando como claro referente dos títulos tan señalados como “The Exorcist” de William Friedkin y “Night of the living dead” de George A. Romero, el filme intenta introducir mayor truculencia a través del origen diabólico del mal que asola el edificio. La influencia de los clásicos mencionados va más allá de lo puramente temático, (de la obra de Friedkin se copia hasta el lenguaje blasfemo), plasmando esa naturaleza cínica tan característica del cine de los setenta. No obstante el resultado final de la obra se encuentra muy lejos de la crudeza de los originales en los que se apoya. A pesar de contener alguna que otra escena en la que se llega hasta el límite de lo políticamente correcto (aunque sea en fuera de plano) nunca se supera esa barrera que en su día rompieron otros títulos del fantástico español como “¿Quién puede matar a un niño?” del inigualable Narciso Ibañez Serrador.


El problema de tomar prestados títulos rodados entre los años sesenta y los ochenta (el homenaje a “La Cosa” de Carpenter en la toma de las muestras de sangre) es que la industria del cine fantástico actual está en pañales al lado de sus ilustres antepasados. La amoralidad mostrada en los cines durante la década de los setenta es impensable de presenciar hoy día. Estamos en la dictadura de lo políticamente correcto, dentro de la ficción, claro. Pero los aficionados al fantástico hemos disfrutado y seguimos disfrutando (a través de las nuevas tecnologías digitales) aquellas obras que mostraban sin tabúes, algunas veces por pura necesidad, otras buscando simplemente escandalizar, todo tipo de atrocidades en pantalla. Lógicamente la película de Plaza y Balagueró poco sobresalto o temor nos puede provocar, quizá lo haga a los espectador más jóvenes o menos curtidos pero al aficionado lo único que puede provocar, en el mejor de los casos, es una leve sonrisa.


Lo que ya no provoca tanta gracia es la baja calidad del guión a pesar de que sea un mero vehículo para conducir en la sorpresa final. Los personajes del primer “Rec” estaban bien construidos, el espectador podía identificarse con ellos e interactuaban correctamente. En la secuela ningún personaje, salvo quizá el histriónico sacerdote que parece sacado de un cómic de la E.C., tiene una personalidad definida. Especialmente preocupante es el grupo de adolescentes que atropellan sus frases en un capítulo que resta ritmo a la historia con el único pretexto de introducir una nueva cámara que sirva como testigo. Sin culpar a los actores, con ese guión y esos diálogos poco podían hacer, el nivel interpretativo es, en general, prácticamente nulo. Sorprende especialmente Manuela Velasco cuya brillante interpretación de la reportera Ángela Vidal era uno de los puntos fuertes de la primera entrega y que aquí está muy poco creíble en su aparición en el giro final (que recuerda bastante a “Fallen”de Gregory Hoblit).


Desconcertante es también ese extraño aire humorístico, no sé si intencionado, que recorre la película por momentos (la escena con el tocadiscos reproduciendo “Suspiros de España” es de lo más bizarre) que impide tomarse la película demasiado en serio, a pesar de que la presencia de la niña Medeiros con ese acertado recurso de visión a través del nightshot de la cámara nos congele la sonrisa los momentos en los que aparece. Justo es reconocer que hay otros momentos de risa histérica, en los primeros compases, que cumplen perfectamente su cometido (el policía argentino riéndose, negándose a aceptar la evidencia del origen sobrenatural del peligro).


Lo mejor es tomarse la película con espíritu lúdico, olvidándonos del miedo que nos provocaba el tren de la bruja cuando éramos niños y disfrutando de una sesión divertida de Grand Guiñol a través de una historia sin pretensiones. Después de todo, ¿cuando hemos podido ver una secuela de una película fantástica española de éxito? No lo estropeemos y demos otra oportunidad a Balagueró y Plaza. El final deja inequívocamente abierta la puerta para la tercera entrega. Quizá en la próxima ocasión retomemos los miedos de antaño.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

INGLORIOUS BASTERDS

“Inglorious Basterds”
Director: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Intérpretes: Brad Pitt, Mélanie Laurent, Christoph Waltz, Eli Roth, Michael Fassbender, Diane Kruger, Daniel Brühl, Til Schweiger, Gedeon Burkhard, Jacky Ido, B.J. Novak, Omar Doom, August Diehl, Denis Menochet, Sylvester Groth
(EE.UU, 2009)

Sinopsis:

Hans Landa, un oficial de las SS cuya misión es acabar con todo aquel judío que aún permanezca en suelo francés deja escapar a una joven llamada Shosanna, en una de sus carnicerías en una pequeña aldea, tras acribillar al resto de su familia. Mientras tanto, un grupo de soldados judío-americanos son adiestrados por el teniente Aldo Raine para torturar y matar nazis, su sanguinaria reputación les precede llegando incluso a oídos del Führer, se les conoce con el sobrenombre de “Los Bastardos”.

Tres años después, Shosanna, bajo una nueva identidad regenta un cine en París. Frederick Zoller, un soldado alemán, admirado entre los suyos por haber matado a 300 soldados rusos, se enamora de ella y convence al ministro de propaganda nazi, Joseph Goebels, para estrenar la última película de Lenni Riefensthal, de la que él mismo es protagonista, en el modesto cine de Shosanna. La ocasión idónea de la joven para vengar a sus familiares y al resto del pueblo judío.

El estreno de la película en el cine reunirá a toda la cúpula nazi bajo un mismo techo, incluso se rumorea que Adolf Hitler podría asistir a la proyección. Aldo Raine organiza un equipo de topos para colarse en el estreno ayudados por Bridget Von Hammersmark, una actriz alemana que trabaja como espía para el enemigo. Todos están preparados para recibir a los altos mandos del Tercer Reich como se merecen.

La última obra de Tarantino nace, como todas sus obras anteriores, del eclecticismo, de la hibridación, del pastiche, de la tradición de la música popular, el cómic y el cine de derribo, estamos ante la obra más postmoderna del director más postmodernista de occidente. Que nadie que se asome al cine a ver “Inglorious Basterds” se espere una película de cine bélico, Tarantino no nos da su visión sobre la Segunda Guerra Mundial, ni realiza un remake sobre el exploit italiano “Aquel maldito tren blindado”, tampoco estamos ante un velado homenaje-plagio de su adorada “Doce del Patíbulo”. No, Tarantino, simplemente nos cuenta su película, la que nos lleva contando desde “Reservoir dogs” que tampoco era una película de cine negro, la que volvió a repetir en “Pulp Fiction”, dónde el cuarto de libra con queso o los masajes en los pies tenían más peso que la supuesta trama noir, o lo mismo que nos contaba en “kill Bill”, dónde la conversación sobre la mitología de Superman tenía tanto protagonismo como los ecos del Spaghetti Western, las katanas y los golpes de Kung-Fú.

Con una trama lineal, en disonancia con los ejemplos anteriores, inteligentemente llevada para hacer converger a los diferentes personajes en un único lugar en su memorable último capítulo, se describe coherentemente a través de cuatro fragmentos previos las circunstancias que llevan a la catarsis final. “Inglorious basterds” no tiene un protagonista claro, no obstante, la simpatía del espectador cae del lado de los Bastardos, debido a su excéntrico y carismático carácter, además de por los evidentes motivos históricos. El líder del escuadrón, el teniente de sangre apache llamado Aldo Raine, es un personaje construido a base de trazos gruesos a través de una expresión oral que firmaría el Guy Ritchie de “Snatch…”, e interpretado con sorna por Brad Pitt, emulando con su mueca de mandíbula al Brando de “El padrino”. Al igual que el resto de la banda de psicópatas tortura-nazis, no es el personaje más logrado de la peícula. Le secundan Hugo Stiglitz, (acongojante presencia la de Til Schweiger), un judío alemán que emigra a EE.UU y vuelve a Europa para masacrar nazis; y Donnie Donovitch, apodado el oso judío, un amante del baseball que disfruta destrozando nazis con su bate, interpretado con entusiasmo por Eli Roth quien parece disfrutar tanto machacando cráneos en escena como rodando una de sus gamberradas gore.

Los Bastardos aportan gran parte de la hilaridad que sobrevuela el filme; sin embargo, las actuaciones más notables se encuentran en el bando enemigo. La caricatura de Hitler es un icono cinematográfico desde el estreno de “El Gran Dictador”. Sin elevase en esta ocasión a un retrato tan certero como el conseguido por Chaplin el personaje funciona como bufón, en escasas pero celebradas apariciones, en medio de la gran farsa que Tarantino teje a su alrededor. De mayor presencia goza un rígido y patético Joseph Goebels, bordado por Sylvester Groth, empequeñecido ante la presencia de su estupenda amante, una Julie Dreyfus siempre perfecta como femme fatale (recuerden “Kill Bill, vol 1.”). Menos vistosa resulta la presencia de Daniel Brühl en la piel del soldado Frederick Zoller, que responde a un cliché, aunque es indudable su papel fundamental en la resolución de la trama.


A pesar del escueto pero efectivo retrato de las principales personalidades del Tercer Reich, el personaje más trabajado, el que tiene mayor carga dramática, y, casi sin ninguna duda, el mejor interpretado, recae en el Coronel Hans Landa, apodado “Caza judíos”. Christoph Waltz, recrea un cínico personaje cuya ambigüedad le hace destacar del resto; la magistral interpretación del actor austriaco hace que se nos hiele la sangre incluso cuando Hans come un bocado de tarta y es capaz de hacernos reír aún sabiendo que está a punto de exterminar a una familia. El dominio de varias lenguas (gran parte de la riqueza de la actuación de Waltz se pierde en la versión doblada) y la excelente gesticulación, (sus metódicos movimientos nos llevan de la mofa al pánico en décimas de segundo) hacen que las apariciones de Landa se erijan en los momentos de mayor altura cinematográfica, su mera presencia justifica por si sola el visionado del largometraje.

La Némesis perfecta de Landa, es la joven Shosanna, la escena en la que se reencuentran en un restaurante de París (lógicamente Hans no recuerda a la joven) es quizá la que mayor tensión acumula de todo el filme, la interpretación de esta secuencia de Mélanie Laurent, a través de primerísimos planos en los que tan sólo gesticula, es una lección de interpretación por parte de la actriz parisina y de dirección de actores del genio de Tenesse. El personaje de Shosanna está dotado del coraje y la valentía habituales en las heroínas tarantinianas, desde Jackie Brown hasta la Mamba Negra. El horror que la joven francesa sufre ante el asesinato de su familia la hace más fuerte, el odio la alimenta y la venganza es la evolución lógica de su personaje. Tampoco le faltan agallas al otro gran personaje femenino, Diane Kruger está arrebatadora bajo la sensual envoltura de Bridget Von Hammersmark, la particular Mata Hari de la historia, que intentará ayudar a los Bastardos en su complicada tarea de aniquilar al Tercer Reich de una sola tirada.


Quentin Tarantino, vuelve a realizar el ejercicio de intertextualidad tantas veces repetido, las referencias son inagotables, desde el Spaghetti Western hasta clásicos del cine bélico norteamericano y europeo, hasta la propia autorrefencia (los maleteros no son necesarios para mostrar su contrapicado preferido) dentro de esta mixtura el director norteamericano se siente como pez en el agua y elabora su discurso propio escogiendo siempre el producto popular antes que el elitista.

Como bien sabe cualquier aficionado las inquietudes de Tarantino, por supuesto, no se limitan exclusivamente al ámbito cinematográfico, la música sigue jugando un papel predominante en sus producciones. Ennio Morricone ocupa en esta ocasión el grueso de la B.S.O, el contrapunto perfecto lo pone la versión de “Putting out fire”, que David Bowie interpretó para la película “El beso de la pantera” de Paul Schraeder, en una preciosista escena en la que Shosanna se maquilla momentos antes de poner en marcha su plan para aniquilar a los nazis. El clasicismo lo pone el tema de fondo a los créditos de apertura, una versión instrumental del célebre “Green leaves of summer” de la película “El Álamo”.

Los detractores de Tarantino tienen el trabajo terminado de antemano, enarbolaran su oxidado discurso sobre la separación de ética y estética que presentan las obras del director, considerando por tanto su obra vacía, carente de contenido moral y, por ende, carente de valor artístico, ya que el arte ha de ser trascendente. Se acusará su obra por tanto de formalista e incluso de reaccionaria. Sin embargo, la ficción que Tarantino decide abrazar en pos de dar la mayor libertad argumental posible al relato, consigue, no sólo divertirnos con una particular (per)versión de cierto momento de la Segunda Guerra Mundial, sino imbuirnos de lleno en la dureza de la contienda, hacernos partícipes del horror de la guerra, del pánico que sufrían los judíos perseguidos, de la inocencia de muchos de los combatientes; en definitiva, nos hace reflexionar sobre nuestro terrible pasado y las consecuencias de la guerra a la vez que nos arranca una sonrisa a través de sus Bastardos, con esa curiosa habilidad para convertir el acto más grotesco y salvaje en motivo de carcajada.


Los incondicionales, por el contrario, ensalzarán esta nueva obra por su indudable belleza formal, su salvaje sentido del humor, su espíritu de ficción netamente pulp y sus brillantes diálogos, (como el monólogo de apertura en el que Landa establece la comparativa alemán-halcón y judío-rata). No les falta razón, pero no podemos olvidar que todo esto estaba presente en sus obras anteriores. Quizá su discurso postmoderno haya llegado a su fin por agotamiento de la fórmula.

Vista en perspectiva la carrera cinematográfica de Tarantino tocó techo con “Kill Bill, vol 1.”, para más tarde caer bruscamente de su pedestal con la anodina “Death Proof.”. Ahora el director norteamericano vuelve a la senda que le dio el éxito, lo que le asegura el beneficio en taquilla y el parabien de sus admiradores. Pero hay algo de estático en su cine que le impide avanzar, desligarse de ese deslumbrante realizador nobel que sorprendió a todo el mundo en el Festival de Cannes de 1992. En “Inglorious Basterds” hay momentos de gran cine, pero el espíritu que respira el filme continúa teniendo un leve aroma adolescente, una falta de madurez cinematográfica, que, aún siendo premeditada, y posiblemente consecuencia lógica de la naturaleza popular de su cine, impide a Tarantino erigirse en portavoz de una generación de cineastas realmente rompedora. No cabe duda que nos encontramos ante un talento muy por encima de la media actual de cineastas norteamericanos; sin embargo, si continúa mirando hacia atrás en vez de hacia delante quizá nunca consiga realizar esa obra maestra ante la que, según Aldo Raine (una pirueta ombliguista más), nos encontramos.







martes, 29 de septiembre de 2009

SURROGATES

“Surrogates”
Director: Jonathan Mostow
Guión: Michael Ferris, John D. Brancato.
Intérpretes: Bruce Willis, Radha Mitchell, Rosamund Pike, Boris Kodjoe, James Francis Ginty, James Cromwell, Ving Rhames, Jack Noseworthy, Devin Ratray, Michael Cudlitz, Jeffrey De Serrano, Helena Mattsson, Michael Phillip, Danny F Smith, Brian A. Parrish
(EE.UU, 2009)

Sinopsis:

En una sociedad paralela los robots han sustituido a los seres humanos en la vida diaria. Los humanos renuncian a vivir sus emociones en primera persona a cambio de la seguridad que les proporciona su hogar y de tener un bonito continente acorde con las exigencias estéticas impuestas por la comunidad. Recluidos en su habitación y enchufados a una máquina manejan al sustituto que desempeña por ellos sus tareas. A priori todo son ventajas, la tasa de delincuencia cae en picado, así como la siniestralidad, la muerte de los sustitutos no supone daño alguno para el operador que lo maneja.

Sin embargo existe un pequeño grupo de personas en cada una de las grandes ciudades que se niega a tener un sustituto. Estos reductos viven en comunidades agrarias y tienen como líder a un hombre al que llaman el profeta. La coexistencia entre sustitutos y biológicos transcurre en armonía hasta que se produce un homicidio. Un humano mata a dos sustitutos con un arma que destroza a la vez la cabeza de los operadores, algo impensable hasta el momento, con lo que se produce el primer asesinato en años.

Tom Greer, acompañado por la agente Peters, es el encargado de la investigación a través de la cual irá descubriendo una serie de hechos que le enfrentarán con su propia vida, (la muerte de su hijo, la relación que mantiene con su mujer), todo le lleva hacia la misma pregunta ¿Merece la pena renunciar a las emociones en beneficio de la seguridad?

Jonatha Mostow, conocido fundamentalmente por sus anteriores largometrajes “U-571” y “Terminador 3”, estrena ahora en pantalla grande esta adaptación del cómic homónimo de Robert Venditti y Brett Veldele publicado en 2005. Obra que desconocía hasta la fecha y de la que, lógicamente, no puedo omitir opinión ni establecer comparativas con su recreación cinematográfica, tan sólo apuntar que en el cómic la acción se desarrolla en el 2054, mientras que en la película se toma un presente paralelo como escenario.

Lo que podía haber sido un pequeño clásico de la ciencia-ficción se queda en un blockbuster (habrá que esperar a los resultados de la taquilla) correcto para mayor gloria de Bruce Willis que sigue estando genial en la piel de cualquier héroe de acción y que tiene su clásica frase al estilo John McLane: “Cielo no se quienes sois, pero si sé que podrías ser un viejo sentado con la cola fuera”. La excesiva personalización del relato en el personaje de Tom es uno de los principales problemas que hace que la obra se enmarque más en el género de acción con drama familiar de trasfondo (insufribles las escenas en las que un apenado Greer visita la intacta habitación de su hijo para ver su fotografía) que en un ejemplo serio de ciencia-ficción. Un dilema moral como la utilización de máquinas para vivir nuestras vidas podría haber dado mucho juego, sin embargo la trama se centra excesivamente en dos personajes antagonistas y complementarios, por un lado está Older Canter como genio-magnate creador de los sustitutos, convertido en una especie de Dios intocable que mueve los hilos desde su mansión (hablar de la evolución del personaje sería desvelar por completo la historia), y por el otro el héroe, en clara desventaja, pero plagado de emociones humanas que le hacen superar los obstáculos que se interponen en su investigación. Ambos personajes están completamente solos, aislados, siendo sus particulares dramas personales los que les hacen tomar decisiones para cambiar el rumbo de su vida, y, por extensión, la del resto de la sociedad.

Con esta polarización del relato, los elementos que describen la extravagante sociedad habitada por los surrogates son pequeños detalles, fundamentalmente estéticos, repartidos a lo largo del metraje. Especialmente cuidada es la selección de extras que pueblan las localizaciones exteriores o los interiores más masificados (discoteca, centro comercial), así como su vestuario, jóvenes atractivos/as vestidos a la última moda caminan implacablemente con absoluta seguridad en si mismos. El maquillaje se erige en el mejor aliado para robotizar los rostros de los sustitutos. Mediante el uso de bases tipo paint stick (por citar algún tipo de maquillaje que produzca este efecto) desnaturalizan los músculos de la cara dando una apariencia hierática, tan bella formalmente como inquietante.
Los personajes que pueblan la película optan por lo fácil, personas mayores, víctimas de la alopecia, de eccemas consecuencia de su voluntaria reclusión, se camuflan en cuerpos perfectos con rostros parecidos a los suyos pero dotados de eterna juventud, o simplemente dejan volar su imaginación para convertirse en algo totalmente diferente (el genial chiste que convierte a un doctor blanco entrado en años en un doctor negro joven de metro noventa). El único personaje que consigue la difícil tarea de empeorar su presencia a través de su doble es, como es lógico, Tom Greer, ningún robot podría tener su incomparable presencia, además, el bronceado y el pelucón que luce su homólogo hacen dar las gracias por que el bueno de Bruce se haya quedado calvo hace años.

Tratándose de un thriller diseñado para el lucimiento de su estrella principal las escenas de acción deberían estar perfectamente medidas y hay que reconocer que en este apartado no se puede reprochar nada a Jonatha Mostow, o más bien a los directores de la primera y segunda unidad que son los que suelen llevar el mando en estas escenas. Lejos de un nuevo “Casino Royale”, las persecuciones, tanto en coche como a pie están rodadas con pulso firme, sin los habituales y molestos barridos; la planificación nos permite seguir sin problemas el desarrollo de la acción y además se dota a las escenas con un loable gusto preciosista sin caer en el manierismo, en este apartado se saca gran partido a las virtudes de los sustitutos, como en la estimulante escena del helicóptero.

En definitiva, Surrogates, tiene el mismo problema que otros títulos de ciencia-ficción recientes, como pasaba en “Gamer”, por citar un ejemplo. Tras un punto de partida interesante y un desarrollo de la trama sugerente, la película termina con un abrupto final que deja un sabor de boca agridulce, pues la película crea enormes expectativas y al final cristaliza simplemente en unas cuantas escenas de acción más o menos bien rodadas, un par de chistes de héroe machote, y algún momento ingenioso (la escena que abre la cinta en la discoteca con el salto del sustituto a la pista de baile y ese local plagado de gente guapa, vestida a la última y sin derramar una gota de sudor, o el genial cartel que anuncia un partido de fútbol extremo y en el que su puede ver una cabeza cercenada), el resto es lo de siempre, un protagonista bueno que lucha contra los malos y toma conciencia de su situación a medida que avanza la trama.



jueves, 17 de septiembre de 2009

SAN VALENTÍN SANGRIENTO 3D

“My Bloody Valentine 3D”
Director: Patrick Lussier
Guión: Todd Farmer, Zane Smith
Música: Michael Wandmacher
Fotografía: Brian Pearson
Intérpretes: Kerr Smith (Axel Palmer), Kevin Tighe (Ben Foley), Tom Atkins (Burke), Jaime King (Sarah Palmer), Jensen Ackles (Tom Hanniger), Edi Gathegi (Martin), Betsy Rue (Irene), Megan Boone (Megan)
(EE.UU, 2009)

Sinopsis:

Tom ha sido el involuntario causante de un accidente en la mina de la ciudad de Harmony que ha acabado con la vida de varios hombres. Cuando el joven, acompañado de su novia y otra pareja se adentra de noche en la mina para celebrar el día de San Valentín, Harry Warden, superviviente de la tragedia que se encontraba en coma, aparece ataviado con su casco de minero asesinando a varios jóvenes con su piqueta hasta que finalmente cae fulminado por un disparo del sheriff. Diez años después, Tom vuelve a Harmony en busca del amor de su vida y para exorcizar los demonios que le han acompañado durante todo este tiempo, pero coincidiendo con su llegada los asesinatos han vuelto a comenzar. El nuevo sheriff, Axel, es el marido de la ex novia de Tom, y verá en él una amenaza para su matrimonio y para el resto del pueblo, considerándolo como principal sospechoso de los asesinatos.

Podríamos decir que “San Valentín Sangriento” es un remake mediocre de un slasher flojo que surgió a la sombra de la “La noche de Halloween” a finales de los setenta. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el guión está lleno de trampas para llegar a un final pretendidamente sorprendente, que los personajes presentados tienen un perfil paupérrimo, carecen de interés y se mueven ante la cámara diciendo un montón de estupideces a través de unos diálogos a caballo entre el Cine X y el culebrón de sobremesa. No estaría de más reclamar a las productoras que estamos hartos de tanto slasher plomizo, qué estamos cansados de scream queens corriendo (encima vestidas) por en medio de los bosques huyendo del psicópata de turno, que ya estamos irritados de tantas localizaciones oscuras, ya sean minas, cavernas o líneas de metro, de actores que más bien parecen modelos de catálogo de centro comercial. Qué la violencia sanguinaria en el horror teen actual luce mucho más con batutas galas o niponas, que un desnudo, aunque sea integral, no basta para mantener el interés de la pajillera audiencia adolescente durante hora y media, que apesta que después de una década continuemos estancados en los esquemas de la trilogía de “Scream” o “Sé lo que hicisteis el último verano”, etc… Todo esto sería válido si la película se hubiera estrenado en 2D… Afortunadamente no ha sido así.

“San Valentín Sangriento 3D” es la película de terror que más me ha hecho saltar de mi butaca desde tiempos inmemoriales. El culpable no es su director, Patrick Lussier, un profano que se atrevió incluso a mancillar el nombre del más honorable de los condes en la insultante “Drácula 2001”, ni de las chillonas Jaime King (“The Spirit”) y Megan Boone, sin la suficiente delantera para enderezar el tedioso desarrollo de la historia; tampoco de los guaperas Kerr Smith(“Destino final”) y Jensen Ackles (“Sobrenatural”) con sus dos registros, niño bueno-chico malo, incapaces de acercarse al clásico héroe de acción. Tampoco me asombraron los meritorios pero superados efectos de maquillaje, ni por supuesto el matarife de turno, al que llevamos viendo treinta años en la pantalla. No, lo que hace de esta película algo diferente es totalmente ajeno al equipo artístico, la verdadera atracción son las gafas polarizadas que te dan en la sala de cine cuando enseñas tu entrada. Una ventana a un nuevo mundo.


Lejos de aquellas entrañables pero poco útiles gafas de cartón con un cristal (más bien plástico) de cada color, tan extendidas en nuestro país durante los años 80 y primeros noventa, (que lo único que conseguían era dar dolor de cabeza y ver a Freddy Krueger a través de un filtro blaugrana), estas nuevas gafas, a pesar de su aspecto ortopédico realmente funcionan.

La magia es posible gracias a que la película está grabada con cámaras estereoscópicas, las cuales graban con dos objetivos en vez de uno. Al reproducir lo grabado la imagen se ve borrosa, las imágenes están polarizadas en ángulos diferentes, cada cristal de las gafas 3D está polarizado para recibir una de las dos imágenes, de este modo cada ojo envía una imagen al cerebro, dando volumen a los objetos percibidos.

Gracias a este invento, por el que William Castle hubiera matado sin dudar, el cine vuelve a recuperar el espíritu de barraca de feria, una película tan previsible, repetitiva y mediocre como “San Valentín Sangriento” se convierte en el complemento ideal para una sesión retro freak inolvidable. La simpleza argumental de la propuesta hace que podamos desconectar el cerebro centrándonos sólo en las maravillas que nos ofrece la visión estereoscópica (prueben la experiencia epiléptica de pasar el dedo intermitentemente por el sensor situado en el medio de las gafas), cada aparición del psicópata en pantalla nos hace temblar de emoción, tan pronto nos lanza el pico a la cara como nos salpica con la sangre de sus víctimas, lo que en otras circunstancias sería un absoluto aburrimiento se convierte en una gratificante gamberrada intensamente vivida.

La plana propuesta es de lo más indicada para experimentar el invento por primera vez, sólo si te gusta ver litros de sangre bañando la pantalla, claro; ahora faltan por descubrir los talentos que nos vaya deparando el nuevo medio, el plano cobra ahora una nueva dimensión en el sentido literal. James Cameron parece tomar ventaja de momento, su tráiler de “Avatar” en este nuevo formato es superlativo, impresiona más que el metraje completo de la tontería filmada por Patrick Lussier.

¡En U.S.A ya está en DVD!


martes, 8 de septiembre de 2009

GAMER

“Gamer”
Director: Mark Neveldine, Brian Taylor.
Guión: Mark Neveldine, Brian Taylor
Intérpretes: Gerard Butler, Amber Valletta, Michael C. Hall, Kyra Sedgwick, Logan Lerman, Alison Lohman, Terry Crews, Ramsey Moore, John Legizamo, Milo Ventimiglia, Ludacris, Aaron Yoo, Jonatahn Chase, Dan Callahan, Brighid Fleming, Johnny Whitworth, Keith Jardine.
(EE.UU, 2009)

Sinopsis:
E.E.U.U en un futuro indefinido. Ken Castle, un excéntrico científico, ha creado un chip que mediante la transmisión de nanocélulas permite controlar la voluntad de la persona a la que le ha sido implantado. Gracias a ello, y aprovechándose de la popularidad de la que gozan los videojuegos y los reality televisivos, Castle desarrolla una serie de videojuegos online entre los que destacan “Society”, (la versión de “Sims” que permite controlar verdaderos seres humanos) y “Slayers” (juego de guerra al estilo “Call of Duty” donde los combatientes son en realidad reclusos controlados por gamers).
Kable, el personaje más admirado de “Slayer”, se encuentra a tan sólo cuatro partidas de obtener la libertad. Nadie hasta el momento ha vivido hasta superar las treinta batallas que permiten abandonar la prisión y él luchará hasta el final para recuperar su verdadera vida, aquella que está junto a su mujer y su hija. Por otro lado Simon, un adolescente rico, es el gamer que con destreza maneja a Kable en su cruzada, pero para él, como para el resto de la población (exceptuando el grupo de resistencia “Humanz”, que constantemente piratea la red de Castle) no es más que un personaje de un juego cuya vida tan sólo vale su prestigio como gamer.
Neveldine/Taylor son la frenética dupla de directores responsables de “Crank”, auténtico bombazo del cine de acción contemporáneo en su vertiente más salvaje y, eminentemente, heterosexual. Con el estreno en España de su secuela aún pendiente nos entretienen mientras tanto con altas dosis de violencia, cyber sexo bizarro y futurismo pop, con este juguete electrónico de última generación ideal para refrescar la última etapa del verano.
A pesar de la fuerte influencia estética de los videojuegos en primera persona o de los videoclips, la película deja un regusto ochentero tras su visionado. Las similitudes argumentales con ese gran clásico de la Sci-Fi hipermusculado titulado “Perseguido” (The running man), son más que evidentes. No sólo por el planteamiento, (presos que se juegan su libertad a costa de perder su propia vida en un hiper-violento concurso televisivo para el regocijo de millones de espectadores), sino por la figura del héroe que, encerrado injustamente, se encargará de demostrar su libertad ante el mundo y acabar con el poderoso que le puso contra las cuerdas.
Con esta máxima tan característica del Peplum más plano (el parecido de Kable con el Máximo de “Gladiator” es más que razonable) bajo la turmix más o menos postmoderna de Neveldine/Taylor el resultado es un auténtico festín para el amante del cine directo carente de pretensiones.
La acción del relato se desarrolla en tres escenarios bien diferenciados, por un lado están los dos reality games: Slayers y Society; por el otro la alucinada y perversa realidad.
SLAYERS:
La sangre riega las pantallas de los extasiados televidentes en “Slayers”. Paisajes urbanos, grisáceos y desolados, son el lugar ideal para que los “psicópatas del corredor de la muerte” obtengan su “merecido” a manos de sus propios compañeros en un baile de fuegos cruzados que, a través de rápidos barridos, apabullan nuestras retinas. En un país dónde el sistema penitenciario se encuentra saturado y la guerra por televisión es un gran negocio, ningún programa podría tener más éxito que este.
La gran atracción de esta salvaje realidad es el duro de Kable (Gerard Butler), identidad virtual de un hombre injustamente encarcelado al que han alejado de su familia, quien recupera la fiereza de Leónidas para convertirse en un gladiador que no dudará en despedazar a todos sus oponentes con tal de recuperar a su mujer y su hija.
SOCIETY:
Para los amantes del colorín,el ligoteo, y la fiesta, Castle también tiene su dosis. Idiotizados durante años ante reality shows, construyendo personajes que asuman los roles que a ellos les gustaría desempeñar en la vida real en un juego on-line sobre relaciones sociales, los clientes de “Society” pueden experimentar mediante realidad virtual todo aquello que les era negado en su triste existencia.
A través de una escena al acertado ritmo de “Discovery Chanel” de los Bloodhound Gang, se describe con excelente precisión visual todo lo que significa “Society”. Colores chillones, estilismo hortera, cuerpos duros con ropa ajustada que danzan como idiotas en medio de una plaza a la luz del sol. La lúbrica presencia de Amber Valetta, en la piel de Angie (esposa de Kable), se erige en diosa del ciber-universo pop con sus bragas ajustadas y su peluca blanca, cortesía del seboso pervertido que mueve sus hilos al otro lado de la red.
REALIDAD:
La brutalidad de Slayers y la frivolidad de Society se aúnan en una sociedad sin valores en la que la vida privada vale exactamente lo mismo que el PPV. Con las grandes corporaciones televisivas controlando a su antojo el gusto del público el megalómano Ken Castle se erije como dios absoluto. El pérfido multimillonario, interpretado por un sorprendente e histriónico Michael C. Hall en clara consonancia con su rol televisivo en “Dexter”, domina el mundo con sus ingenios mecánicos dignos del Mad Doctor más psicotrónico de la serie Z.
La escena final con el previsible duelo entre Máximo/Kable y el malvado Castle es tan artificial como refrescante, con claras resonancias al Bond más delirante (la mansión de Castle recuerda a la del personaje de Christopher Lee en “El hombre de la pistola de oro”) se introduce, además, el musical de Broadway entre el previsible reparto de hostias. Nuevamente el videoclip vuelve a ser un recurso, para algunos manido, que saca petróleo en manos de aquel que sabe manejarlo a su antojo.


En definitiva una película de acción cuya coartada de crítica social lejos de hacer reflexionar al espectador como lo hicieran ilustres predecesoras en el género como “Desafío Total” o “Terminator”, no impide el disfrute de un espectáculo pirotécnico mucho menos vacío y más divertido de lo que la mayoría comenta, con grandes momentos de comedia gamberra que son ya un sello característico de sus autores (no se pierdan el acalorado y alocado encuentro entre Amber Valletta y Milo Ventimiglia).